JUEVES 1

Al llegar la plenitud de los tiempos (Gal 4,4)

STA. MARÍA, MADRE DE DIOS

  • Núm 6,22-27; Sal 66; Gal 4,4-7; Lc 2,16-21

En aquel tiempo, los pastores fueron a toda prisa hacia Belén y encontraron a María, a José y al niño, recostado en el pesebre. Después de verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño, y cuantos los oían quedaban maravillados. María, por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón. (Lc 2,16-19)

La maternidad de María no es cualquier maternidad, es parte de un proyecto y de una historia con rasgos de eternidad; es una maternidad que no se gesta en soledad, sino que se teje a través de relaciones fundamentales e inicia en esa imagen, tan humana y contrastante, que encontraron los pastores en Belén: María, José y el niño recostado en el pesebre (cf. Lc 2,16). Un aspecto fundamental del rostro de Dios que se manifiesta en la maternidad de Marìa: el de la total gratuidad de su amor, por la cual se nos presenta —como he querido subrayar en el Mensaje de esta Jornada Mundial de la Paz— “desarmado y desarmante”, desnudo, indefenso como un recién nacido en la cuna. Y esto para enseñarnos que el mundo no se salva afilando las espadas, juzgando, oprimiendo o eliminando a los hermanos, sino más bien esforzándose incansablemente por comprender, perdonar, liberar y acoger a todos, sin cálculos y sin miedo. (Papa León XIV, Homilía del 1 de enero de 2026)

En la maternidad de María asoma la divinidad, porque en ella se encarna y toma figura humana Jesucristo, el Salvador. Por medio de ella, llega a nosotros la plenitud de los tiempos (Gal 4,4) y la vida se abre y surge en toda su plenitud.

El proyecto salvífico tiene rasgos de humanidad, porque es cercano, comprensible y accesible a todo hombre; el Señor ha nacido de una mujer y ha nacido bajo la ley (v. 4), como un gesto de generosidad y misericordia: ha venido a rescatar a los que estaban bajo la ley, a fin de hacerlos hijos de Dios y hermanos suyos (v. 5).

En la Maternidad Divina de María vemos así el encuentro de dos inmensas realidades “desarmadas”: la de Dios que renuncia a todo privilegio de su divinidad para nacer según la carne (cf. Flp 2,6-11) y la de la persona que con confianza abraza totalmente su voluntad, rindiéndole homenaje, en un acto perfecto de amor, de su potencia más grande: la libertad.

San Juan Pablo II, meditando sobre este misterio, invitaba a mirar lo que los pastores encontraron en Belén: «La desarmante ternura del Niño, la pobreza sorprendente en la que se halla, y la humilde sencillez de María y José transforman la vida de los pastores:  se convierten así en mensajeros de salvación» (Homilía en la solemnidad de santa María, Madre de Dios, XXXIV Jornada Mundial de la Paz, 1 enero 2001). (Papa León XIV, Homilía del 1 de enero de 2026)

En María Madre aprendemos a ser hijos y, gracias al mismo Espíritu que la ha ungido, podemos clamar ¡Abba! (v. 6).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.