DOMINGO DE RAMOS DE LA PASIÓN DEL SEÑOR
En este mundo, herido por la guerra, la violencia, la corrupción, el hambre y la pobreza, se agudiza, cada día, la desesperanza, la incertidumbre se apodera del corazón del hombre y el llanto en sus ojos borra la claridad de la esperanza.
Justo allí, en medio del caos y el miedo, donde nada parece posible, un rumor se levanta con fuerza, voces que afloran de un corazón que grita esperanzado:
¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! (v. 38)
Desde aquella región de Betfagé y Betania (cf. v. 29), Dios llega, como rey humilde, a nuestra realidad, buscando entre la gente corazones dispuestos y libres, deseando que su presencia y su palabra lo liberen (cf. v. 30).
El Señor necesita corazones así (v. 31). ¡Nos necesita a todos!, para ser portadores de esperanza e irrumpir, con él, en la desolación y el desaliento de los pueblos; para transformar la tristeza en gozo, el llanto en cantos de alegría.
Que a su paso se abran caminos tapizados de flores y mantos, senderos nuevos hacia rumbos distintos, donde las multitudes, entusiasmadas, caminen sin miedo y reciban al Señor como a su Rey:
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
¡Paz en el cielo y gloria en las alturas! (v. 38)
Presencia que al llegar transforma y renueva. No hay quien lo impida ni lo haga callar: Les aseguro que si ellos callan, gritarán las piedras. (v. 40). No obstante, entre nosotros, habrá algunos que, como entonces, lo quieran matar…
Estamos en los días que preceden a la Pascua. Nos estamos preparando para celebrar la victoria del Señor Jesucristo sobre el pecado y sobre la muerte. Sobre el pecado y sobre la muerte, no sobre alguno o contra algún otro. Pero hoy hay guerra. ¿Por qué se quiere vencer así, a la manera del mundo? Así solamente se pierde. ¿Por qué no dejar que venza Él? Cristo ha llevado la cruz para liberarnos del dominio del mal. Ha muerto para que reinen la vida, el amor, la paz.
¡Se depongan las armas! Se inicie una tregua pascual; pero no para recargar las armas y volver a combatir, ¡no!, una tregua para llegar a la paz, a través de una verdadera negociación, dispuestos también a algún sacrificio por el bien de la gente. De hecho, ¿qué victoria será esa que plante una bandera sobre un cúmulo de escombros? (Papa Francisco, Ángelus del 10 de abril 2022)
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

