DOMINGO DE RAMOS DE LA PASIÓN DEL SEÑO (abril 2)

La Semana Santa nos congrega, no sólo a celebrar, sino a redimensionar y dar un sentido nuevo a los acontecimiento que configuran nuestro ser de cristianos y seguidores del Señor. Sabiendo que no se trata de “repetir” sino de conmemorar, hagámonos una pregunta con dos interrogantes: ¿Cómo y con quién deseamos vivir la Semana Santa?
Al finalizar la Cuaresma, se abre ante nosotros un tiempo culmen, de profunda significación para la Iglesia y con él, una especie de pórtico que ofrece los pormenores que nos permitirán ver con claridad y comprender a fondo lo que está a punto de suceder. Podemos afirmar que en ese panorama, cargado de símbolos y enseñanzas, se delinean las respuestas a nuestra doble pregunta: ¿Cómo y con quién?
El cómo, aflora de entre los textos de la liturgia de la Palabra que la celebración eucarística nos presenta: el profeta Isaías (50,4-7), el Salmo 21, la carta de Pablo a los filipenses (2,6-11) y la extensa narración de la Pasión del evangelista Mateo (26,14-27,66), forman un complejo teológico que nos ofrece un preámbulo de lo que, paso a paso, iremos celebrando a lo largo de la Semana Santa, particularmente jueves, viernes y sábado. Es decir, el cómo, se irá tejiendo por medio de la escucha, la reflexión, la contemplación y la meditación de la pasión y muerte de Jesús.
Descubriremos que es un camino retador, que requiere de toda nuestra atención, disponibilidad y apertura, procurando hacer nuestras las palabras del profeta: Mañana tras mañana, el Señor despierta mi oído, para que escuche yo, como discípulo (v. 4).
El quién, aparece con fuerza y claridad en el texto del evangelista Mateo (21,1-11) que narra la entrada triunfal a Jerusalén. Sin más, centra nuestra atención en aquel en quien debemos poner la mirada, los deseos y las intenciones del corazón:
He aquí que tu rey viene a ti, apacible y montado en un burro… El profeta Jesús, de Nazaret de Galilea (vv. 5 y 11).
¿Cómo y con quién?: Como Jesús y con Jesús, que abandonado en la cruz nos interpela a mirar a los abandonados y abrirles el corazón: ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! (v. 9).
Hermanos y hermanas, un amor así, todo para nosotros, hasta el extremo, el amor de Jesús, es capaz de transformar nuestros corazones de piedra en corazones de carne. Es un amor de piedad, de ternura, de compasión. Este es el estilo de Dios: cercanía, compasión y ternura. Así es Dios. Cristo abandonado nos mueve a buscarlo y amarlo en los abandonados. Porque en ellos no sólo hay personas necesitadas, sino que está Él, Jesús abandonado, Aquel que nos salvó descendiendo hasta lo más profundo de nuestra condición humana. Está con cada uno de ellos, abandonados hasta la muerte. Pienso en aquel hombre alemán, indigente, que murió en la columnata de la plaza, solo, abandonado. Ese es Jesús para cada uno de nosotros. Muchos necesitan nuestra cercanía, muchos abandonados. Yo también necesito que Jesús me acaricie y se me acerque, es por eso que voy a buscarlo en los que están abandonados, solos. Él quiere que cuidemos de los hermanos y de las hermanas que más se asemejan a Él, en el momento extremo del dolor y la soledad. Hoy, queridos hermanos y hermanas, hay tantos “cristos abandonados”. Hay pueblos enteros explotados y abandonados a su suerte; hay pobres que viven en los cruces de nuestras calles, con quienes no nos atrevemos a cruzar la mirada; hay emigrantes que ya no son rostros sino números; hay presos rechazados, personas catalogadas como problema. Pero también hay tantos cristos abandonados invisibles, escondidos, que son descartados con guante blanco: niños no nacidos, ancianos que han sido dejados solos ―que tal vez pueden ser tu papá, tu mamá, tu abuelo o tu abuela, abandonados en los institutos geriátricos―, enfermos no visitados, discapacitados ignorados, jóvenes que sienten un gran vacío interior sin que nadie escuche realmente su grito de dolor. Y no encuentran otro camino más que el del suicidio. Los abandonados de hoy. Los cristos de hoy.
Jesús abandonado nos pide que tengamos ojos y corazón para los abandonados. Para nosotros, discípulos del Abandonado, nadie puede ser marginado; nadie puede ser abandonado a su suerte. Porque, recordémoslo, las personas rechazadas y excluidas son iconos vivos de Cristo. Nos recuerdan la locura de su amor, su abandono que nos salva de toda soledad y desolación (Papa Francisco, homilía del Domingo de Ramos, abril 2 de 2023).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
