DOMINGO 9

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO

DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA DE LETRÁN

Ustedes que son el templo de Dios (1Cor 3,16)
  • Ez 47,1-2.8-9.12; Sal 45; 1Cor 3,9-11.16-17; Jn 2,13-22

El profeta Ezequiel nos habla de un templo del que brota un agua que purifica, limpia, nutre y da vida; toda tierra tocada por ella se hace fértil, en ambas márgenes del torrente crecerán árboles frutales de toda especie, de follaje perenne e inagotables frutos. (Ez 47,12)

El templo es símbolo de la presencia de ese Dios que hace sentir su generosidad al pueblo perdonándolo, purificándolo de sus pecados y rescatándolo de los lazos de la muerte con el torrente de su amor y su misericordia. Una imagen que, más tarde, resaltará a Jesucristo de quien, entregando su vida en la cruz, brotarán agua y sangre que purifican y redimen.

El evangelista Juan, por su parte, nos presenta a Jesús que defiende celosamente el sentido más profundo y original del templo: es la casa del Padre, lugar de su presencia y de encuentro con el pueblo, no un mercado (cf. Jn 2,16).

Además, ante la pregunta de los judíos, ¿qué señal nos das de que tienes autoridad para actuar así? (v. 18), Jesús, en su respuesta, abre un horizonte distinto en la comprensión del templo que, en él, después de resucitar al tercer día, será reconstruido (cf. v. 19), es decir, él y quienes lo sigan, formarán el nuevo templo, lugar teológico de encuentro con Dios y con el hombre. Ya no será, como advertía a la samaritana, un culto que dependa de un monte, de una ciudad o de un templo, sino que la relación con el Padre será en espíritu y verdad (cf. Jn 4,22-24).

Un nuevo templo en Espíritu y verdad. ¿Cuál templo? ¿Cuál espíritu? ¿Cuál verdad?

Pablo dibuja y describe el perfil de ese templo nuevo y da respuesta a cada pregunta, haciéndonos conscientes de una realidad ineludible:

¿No saben acaso ustedes que son el templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? (1Cor 3,16)

  • Ahora nosotros, en Jesucristo, somos el Templo.
  • Habitados por el Espíritu de Dios.
  • Este Templo donde Dios, todo él, ha puesto su morada, es sagrado y esa es la verdad.

Y el mismo Pablo nos advierte que quien destruye el templo de Dios, será destruido por Dios, porque el templo de Dios es santo y ustedes son ese templo (v. 17).

Esto quiere decir que, en nosotros, en cada uno, se verifica y se actualiza el encuentro con Dios y con el hombre. Y estamos llamados a preguntarnos qué hemos hecho de este templo: ¿un mercado?, ¿un lugar de violencia y corrupción?, ¿el límite infranqueable donde anida el egoísmo?… o realmente una experiencia de amor, de la que fluyen torrentes de fraternidad, alegría, misericordia, cordialidad, acogida, perdón y justicia.

No olvidemos que con nosotros está Dios, el Señor… (Sal 45).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.