DOMINGO 9

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO

Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! (v. 25)
  • Zac 9,9-10; Sal 144; Rm 8,9.11-13; Mt 11,25-30

El mundo en torno a nosotros nos satura de distractores que, si nos atraen definitivamente, se convertirán en el medio que alimenta la imaginación, da forma a las ideas e, incluso, ofrece “contenidos” al intelecto que, más allá de madurar, lo deteriora y confunde. Sin mucho pensarlo, nos vamos haciendo parte de ese “otro mundo” y la vida se configura a su modo, hasta provocar cambios radicales en la persona y el surgimiento de nuevas personalidades.

Distractores llamativos y convenientes para quien los acepta, a los que nos acomodamos sin dificultad, generando en cada individuo una sensación de satisfacción y gozo; una ilusión que transporta a otra realidad, que empodera y enajena. Así, poco a poco, se va gestando entre ellos y nosotros una relación de dependencia, casi adictiva e insoslayable. Perdemos la noción del tiempo, el sentido común y la acuciante necesidad de ver hacia otro lado, a cualquier lugar donde podamos descubrir la presencia del otro y el reclamo de lo que hemos olvidado. Fascinados, adoptamos comportamientos hostiles: prepotencia, vanagloria, superioridad, soberbia… y dejamos caer sobre los demás el peso de resentimientos, decepciones y fracasos internos que nos atormentan, pero escondemos astutamente, porque se ha impuesto sobre nosotros la fuerza de la apariencia más que la humildad.

Esto puede representar un gran conflicto en la relación con Dios, que reclama sencillez y pureza de corazón, apertura a su palabra y su presencia; oídos atentos y un corazón libre, dispuesto a todo. Por eso, Pablo nos recuerda puntualmente: Ustedes no viven conforme al desorden egoísta del hombre, sino conforme al Espíritu, puesto que el Espíritu de Dios habita verdaderamente en ustedes (Rm 8,9).

Vivir según el Espíritu de Dios o vivir según los criterios del mundo… Un dilema que representa el conflicto más profundo al que se enfrenta el creyente y la crisis que pone en vilo su existencia, pues si vivimos de ese modo -dice Pablo-, ajenos al Espíritu de Dios, ciertamente seremos destruidos (cf. Rm 8,13).

Náufragos en el mar de las distracciones y obstinados, absurdamente, con el desorden egoísta del hombre, del que hemos hecho nuestra regla de conducta (Rm 8,12), olvidamos que el Padre, Señor del cielo y de la tierra, ha escondido las más grandes riquezas de su sabiduría, de su generosidad y de su amor a los sabios y entendidos, ¡y las ha revelado a la gente sencilla! (Mt 11,25).

No obstante, a pesar de la desesperanza y la desolación que ha provocado el mundo en el corazón de tantos hombres, olvidándose del Espíritu que regenera y transforma, una voz apacible, que trae buenas nuevas, que romperá el arco del guerrero y anunciará la paz a las naciones (Zac 9,10), abrirá las puertas de la esperanza y trazará un camino distinto hacia la vida plena:

Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga y yo les daré alivio. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga, ligera (Mt 8,28-20)

Nunca es tarde para recuperar la sencillez del corazón y la confianza en el Señor, que es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar (Sal 144,8).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.