DOMINGO 9

EL BAUTISMO DEL SEÑOR

Espíritu y fuego (v. 16)

VER

Reflexiones teológicas, pastorales, dogmáticas, litúrgicas…, se han vertido en torno al bautismo, con el objetivo de recuperar su esencia y su valor. No obstante, aun hoy, por desgracia, lo seguimos considerando como un sacramento que se adquiere, pero no que se vive.

Pareciera que es un “kit” que se va completando a lo largo de los años, hasta convertirse en carta oficial de identidad, requisito obligatorio y garantía de una salvación que nos libera del pecado que no hemos cometido, pero que históricamente cargamos y asumimos como mancha original. En él, vemos únicamente el final de una condena, pero no el principio de una vida nueva.

Hemos olvidado que en el bautismo fuimos engendrados como hijos del Padre y llamados a ser santos.

ILUMINAR

Lc 3,15-16.21-22

El bautismo de Jesús en el Jordán, presentado por los evangelistas, no tiene la intención de narrar un hecho anecdótico en su vida, o los pormenores de un fenómeno extraordinario. La intención, más bien, es marcar el inicio del tiempo que se ha cumplido para que el Reino de Dios, por medio del Mesías ungido, se haga presente entre los nosotros.

El bautismo con agua, con el que Juan bautizaba, y al que Jesús también accede (cf. v 21), da paso a un bautismo distinto y definitivo, que unge y transforma a quien lo recibe: Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego (v. 16).

El Hijo predilecto, en el que el Padre se complace (cf. v. 22), se convierte en referente de vida para nosotros, inicia su misión caminando entre la gente y se dispone a asumirla orando(v. 21). Él sabe que no es un privilegio adquirido sino el comienzo de un proyecto liberador (Lc 4,18-21) que lo compromete con el pueblo, hasta dar la vida por él.

Así, orando, el sacramento bautismal se convierte en experiencia de intimidad con Dios y se prefigura como proyecto de vida, marcado con el ritmo del Espíritu, que capacita para trabajar por el bien común (cf. 1Cor 12,7), y por el fuego que es, como bien dice S. Juna de la Cruz, símbolo del amor que nunca está ocioso sino en continuo movimiento, como la llama está echando siempre llamaradas acá y allá; el amor cuyo oficio es herir para enamorar y deleitar […] (L 1,8).

El bautismo es una decisión definitiva y radical, que hace del creyente hijo predilecto, y lo compromete con el proyecto del Padre; no es un privilegio, es una misión que requiere de una voluntad férrea y una vida orante, actitudes en las que el Padre se complace.

ACTUAR

El Papa Francisco nos invita a una reflexión profunda desde la imagen de Jesús que ora y es ungido con el Espíritu:

Detengámonos en un punto importante: en el momento en que Jesús recibe el Bautismo, el texto dice que “estaba orando” (Lc3, 21). Nos hace bien contemplar esto: Jesús reza. ¿Pero cómo? Él, que es el Señor, el Hijo de Dios, ¿reza como nosotros? Sí, Jesús – lo repiten muchas veces los Evangelios – pasa mucho tiempo en oración: al inicio de cada día, a menudo de noche, antes de tomar decisiones importantes… Su oración es un diálogo, una relación con el Padre. Así, en el Evangelio de hoy podemos ver los “dos momentos” de la vida de Jesús: por una parte, desciende hacia nosotros en las aguas del Jordán; por otra, eleva su mirada y su corazón orando al Padre.

La oración – para usar una bella imagen del Evangelio de hoy – “abre el cielo” (cfr. v. 21). La oración abre el cielo: da oxígeno a la vida, da respiro incluso en medio de las angustias, y hace ver las cosas de modo más amplio. Sobre todo, nos permite tener la misma experiencia de Jesús en el Jordán: nos hace sentir hijos amados del Padre. También a nosotros, cuando rezamos, el Padre dice, como a Jesús en el Evangelio: “Tú eres mi hijo, Tú eres el amado” (cfr. v. 22). Nuestro ser hijos comenzó el día del Bautismo, que nos ha inmerso en Cristo y, miembros del pueblo de Dios, nos ha hecho convertirnos en hijos amados del Padre. (Ángelus del 9 de enero de 2021)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.