DOMINGO 8

Ustedes son sal de la tierra y luz del mundo (Mt 5,13.14)

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO

  • Is 58,7-10; Sal 111; 1Cor 2,1-5; Mt 5,13-16

ILUMINAR Y DAR SABOR, EN MEDIO DE LA OSCURIDAD Y LA DESDICHA

En el corazón de mucha gente habita una triste experiencia de desdicha, provocada la inestabilidad económica en la que viven, una política incierta y poco promisoria, conflictos morales de todo tipo, contradicciones sociales y religiosas… El entorno se vuelve oscuro e incierto.

Las consecuencias de todo ello están a la vista y las vivimos en carne propia: pobreza, violencia, migración, injusticias de toda índole, hambruna, desempleo, humillaciones… Realidades que, al parecer, se van normalizando en la conciencia y nos hacen perder el sentido de la dignidad y la coherencia.

Esa realidad nos interpela, nos mueve, como dice Papa Francisco, a salir de nuestras zonas de confort (cf. EG 209) que, en el evangelio, se convierte en un cometido y una misión: Ustedes son sal de la tierra y luz del mundo(Mt 5,13.14).

El compromiso es claro. Aunque a veces dulcificamos o idealizamos el mensaje y su radicalidad, conformándonos con una comprensión básica que nunca llega a la acción. Así, la sal no sirve para nada (Mt 5,13) y la luz queda oculta (Mt 5,15) tras el miedo y la resistencia al cambio.

Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio (EG 20).

¿Cómo, concretamente, se es sal y luz del mundo?:

Comparte tu pan con el hambriento, abre tu casa al pobre sin techo, viste al desnudo
y no des la espalda a tu propio hermano… Cuando renuncies a oprimir a los demás y destierres de ti el gesto amenazador y la palabra ofensiva; cuando compartas tu pan con el hambriento y sacies la necesidad del humillado…
(Is 58,7.9-10).

Cuando esto suceda, cuando seamos capaces de ver con misericordia al hermano y actuemos, de verdad, movidos por el amor, entonces, como afirma el profeta, brillará nuestra luz en las tinieblas y la oscuridad será como el medio día (v. 10).

Que la oscuridad y la desdicha no sean el horizonte de un porvenir incierto y sin esperanza para el hombre; que al anunciar el Evangelio, no busquemos -como advierte Pablo- hacerlo mediante la elocuencia del lenguaje o la sabiduría humana, sino hablando de Jesucristo, más aún, de Jesucristo crucificado (1Cor 2,1-2).

Es decir, un Jesucristo al que encontramos crucificado en el hambriento, en el pobre sin techo, en el desnudo, en el migrante, en el que ha sido despojado de sus bienes, en el que es humillado y despreciado…

¡Ustedes son sal de la tierra y luz del mundo!Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos. (Mt 5,13-14.16)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.