LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

- Is 60,1-6; Ef 3,2-3.5-6; Mt 2,1-12
¡Levántate!, ha llegado tu luz (Is 60,1)
Con la solemnidad de la Epifanía cerramos el tiempo de Navidad, para dar paso a un tiempo nuevo, que abrirá ante nosotros, poco a poco, el mensaje del Evangelio de Jesús hecho vida; en cada palabra y en cada una de sus enseñanzas encontraremos una invitación a vivirlo, hacerlo nuestro y dejar que la luz que brota de él, ilumine nuestros pensamientos, nuestras acciones y nuestro caminar.
La manifestación del Señor, de la que fueron testigos los pastores y los magos, no es sólo un acontecimiento que deba quedar anclado al pasado y del que nosotros seamos simples espectadores que admiran, conmovidos, la escena narrada por Mateo (2,1-12) y Lucas (2,8-20).
La Epifanía es un momento decisivo, para la historia y para la vida de aquellos que deciden seguir al Señor después de haberlo encontrado. Decisivo, porque marca un rumbo distinto (guiados por una estrella) y señala el lugar y el modo en que Dios se da a conocer: recostado sobre un pesebre y envuelto en pañales (Lc 2,12).
Es un acontecimiento que rompe con cualquier expectativa y con todos los paradigmas establecidos; rompe con los pobres horizontes de una mirada convencional, cansada y obtusa.
Cito al p. Ignacio Cacho Nazábal, SJ:
[…] El significado real del hecho histórico-legendario es que en medio de la noche ha surgido el Sol iustitiae, Christus Deus noster (Sol de justicia, Cristo, nuestro Dios). El cielo y la tierra se reconcilian. Dios y el hombre se unen. Dios se hace humano. Dios se hace humano (Jn 1,14), y el hombre se hace divino (Jn 1,12). La ternura de Dios triunfa sobre la violencia humana. La agresividad humana es vencible por la sociabilidad de divina, porque “cuando se manifestó la bondad de nuestro Dios y salvador y su amor al hombre […], nos salvó con el baño del nuevo nacimiento y la renovación por el Espíritu Santo, que nos infundió con abundancia por medio de Jesucristo nuestro salvador” (Tit 4,4-6).
Teológicamente, los pastores son los representantes del pueblo de la gleba […], la clase marginal e impura, por ser pobre e ignorante de la Torah, pero, en el mensaje de Lucas, los predilectos del reino. Los primero convocado son los “marginales y asocialaes”, ya que el banquete del reino se prepara con predilección para los “publicanos y prostitutas” (Mt 21,31), y los “cojos, ciego y lisiados” que no pueden retribuir (Lc 14,13-14).
Teológicamente, también, los magos o sabios de Oriente pueden representar al hombre que busca a Dios con corazón sincero y que es capaz de poner, como los magos y como Zaqueo, el oro, incienso y mirra, o la mitad y el cuádruple de sus riquezas justas e injustas, postrado en gesto de adoración a los pies del Verbo eterno “ansí nuevamente encarnado (Ejercicios Espirituales [109]).
El signo de que Dios es diferente, y totalmente otro, es su pesebre, sus pañales, su cercanía y su poder de cambiar toda vida.[1]
La Epifanía es para nosotros, hoy, punto de referencia: ¿Qué estrella seguimos y qué Dios buscamos?
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
[1] Cacho Nazábal, I. SJ (2014). Cristología. Ed. Sal Terrae, España, pp. 98-99.
