DOMINGO II DE PASCUA O DE LA DIVINA MISERICORDIA

- Hch 4,32-35; Sal 117; 1Jn 5,1-6; Jn 20,19-31
VER
Las dudas y el miedo que nos llevan a la incertidumbre y la angustia no permiten que vivamos en paz. Concibiendo esta paz como una experiencia, o estado de tranquilidad y equilibrio entre nosotros y todo aquello que nos rodea, particularmente, nuestras relaciones personales y sociales.
Pero la paz sólo es tal, más allá de la tranquilidad, cuando es fruto de la justicia. Y esa justicia, que no necesariamente es la que se establece por medio de las leyes, es la experiencia que se palpa en gestos humanos y acciones que nos dignifican: la fraternidad, la solidaridad, el servicio, la capacidad de compartir lo que se tiene, acompañar al que lo necesita, defender al oprimido, alzar la voz por los que no son escuchados…
Cuando la violencia, la corrupción, la persecución, el abuso de poder, etc. permean cada momento de nuestra vida, nos invade la incertidumbre, nos replegamos y, por miedo, nos ocultamos para no correr riesgos y no exponer nuestra vulnerabilidad.
ILUMINAR
La violenta y trágica muerte de Jesús en la cruz, inesperada e incomprensible para los discípulos y seguidores del Señor, representa una terrible confusión: después de una triunfal entrada a Jerusalén y el reconocimiento de la gente como rey; después de una cena Pascual tan deseada, en la que se constata la inequívoca opción por el Reino, confirmada en la Nueva Alianza, donde el pan y el vino se convierten en signos fehacientes de la divinidad y la mesianidad de Jesús y, por si fuera poco, se establece de manera definitiva el mandamiento del amor y el servicio como la única ley…, nada de lo que sucede, justo después, es lo que pensaron los discípulos que debía suceder: el maestro traicionado, arrestado, flagelado y condenado a muerte con los malhechores.
En el corazón de cada uno permean el miedo, la duda y la desesperanza. No obstante, algo les decía que debían esperar, reunidos, recuperando los hechos para comprenderlos e incorporar a ellos las palabras de su Señor: ¿Qué significa todo esto? ¿Qué nos habrá querido decir con aquello de al tercer día…? Tal incertidumbre no les permitía estar en paz.
Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: La paz esté con ustedes (Jn 20,19).
Si la crucifixión es, a todas luces, una condena injusta, la resurrección es fruto de la justicia divina, por eso, Dios lo resucitó de entre los muertos… (Hch 13,30). Y, si nace de la justicia, la presencia de Jesús no puede ser otra cosa que fuente de paz y de vida.
En ese momento, el sentido de la Pascua (paso) cobra con más fuerza su vigencia, porque ahora está animada por una Alianza nueva y eterna, no quedando supeditada a fechas, templos o prescripciones. Hay que dar pasos adelante, salir del ocultamiento (del miedo) a la conquista del mundo. La Pascua se convierte en envío:
De nuevo les dijo Jesús: La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedará sin perdonar (vv. 21-23).
No hay lugar para las dudas o la incredulidad; el miedo no puede marcar el ritmo de la vida y es decisivo comprender que la resurrección está más allá de una comprobación empírica: si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto me dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré (v. 25), porque es un acto de fe profunda y desnuda: dichosos los que creen sin haber visto (v. 29).
ACTUAR
La presencia invasiva de los medios de comunicación y de los dispositivos por los que se difunden (y los mismos que utilizamos en todo momento), provocan en el ánimo de la sociedad, aunque no siempre, al menos dos reacciones: por un lado, miedo y confusión, cuando el flujo de información es desmedido, sin escrúpulos y lo sesgan intereses políticos, económicos o ideológicos; por otro, duda e incredulidad, cuando los hechos no son creíbles, a menos que un tweet, un mensaje de texto, una imagen en WhatsApp, etc., lo comprueben y dejen satisfechos los sentidos de la gente… ¿Sólo lo que se hace viral es digno de credibilidad? Al igual que Tomás, si no vemos no creemos.
Aceptar el envío que nace de la Pascua y arriesgar la vida por el Reino representan la posibilidad de revolucionar la vida y la dinámica social, siempre y cuando permitamos que la presencia del Señor en nuestros corazones nos de la paz que supera el miedo y dejemos que el soplo del Espíritu nos guíe por el camino. Como los apósteles que, asumiendo el envío, realizaban mucho signos y prodigios en medio del pueblo (Hch 5,12); o como Juan, desterrado en la isla de Patmos, por haber predicado la palabra de Dios y haber dado testimonio de Jesús (Ap 1,9).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
