
DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO
- Ez 2,2-5; Sal 122; 2Cor 12,7-10; Mc 6,1-6
La obstinación es una de tantas manifestaciones del comportamiento humano que, si bien, posee un lado positivo en cuanto que sustenta la actitud perseverante en el logro de objetivos, su lado negativo provoca, en ocasiones, una insalvable tensión en las relaciones interpersonales, familiares o comunitarias.
La obstinación lleva a la persona a la desmesura y la desproporción en todo lo que hace, piensa y dice; referida siempre a sí misma, descalifica cualquier opinión, o punto de vista que no coincida, o contradiga, sus intereses y expectativas. La obstinación exacerba y endurece corazón y mente.
También la relación con Dios ha sido afectada por la obstinación del pueblo y la dureza de su corazón; un pueblo que ha intentado caminar solo, olvidando de los mandatos del Señor y pasando por alto la fidelidad a la Alianza. Su comportamiento será interpelado, en todo momento, por la presencia de los profetas que, movidos por el Espíritu, estarán de pie en medio de ellos haciendo presente a su Señor y recordando ante ellos su voluntad (cf. Ez 2,2)
El apóstol Pablo es consciente del riesgo que corre si deja que la soberbia llene su corazón (cf. 2Cor 12,7), confiando únicamente en la autosuficiencia de sus pensamientos y sus convicciones personales. Pero una voz lo sorprende y le hace entender que la relación con el Señor no se construye desde el poder ni con el impulso de una fe obstina en el cumplimiento, sino desde la fragilidad del hombre y una actitud humilde: Te basta mi gracia, porque mi poder se manifiesta en la debilidad (2Cor 12,9).
Jesús mismo, ante la gente que lo escuchaba, se enfrentó a esa obstinación que descalificaba la novedad de sus enseñanzas y ponía en duda la sencillez de aquel hombre venido de Nazaret, que había sido capaz de romper con los más altos ideales del mesianismo y los estereotipos de la perfección: ¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas? ¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder para hacer milagros? ¿Qué no es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿No viven aquí, entre nosotros, sus hermanas?(Mc 6,2-3).
Un corazón duro y obstinado no da paso más que al desconcierto (cf. v. 2) y sólo permite para sí una que otra curación (cf. v. 5) que lo mantengan inerte en su propia enfermedad; no hay en él conversión, ni transformación ni cambio.
Tal obstinación sólo se romperá cuando tengamos la osadía de gritar: ¡tu gracia me basta! Y aceptar que el poder del Señor se manifiesta en nuestras debilidades (cf. 2Cor 12,9).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
