DOMINGO 7

LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

Vieron al niño con María, su madre (Mt 2,11)
  • Is 60,1-6; Sal 71; Ef 3,2-3.5-6; Mt 2,1-12

Cuando algo se pone de manifiesto vemos, en esencia, una acción que pretende darnos a conocer algo, informar y, particularmente, proponer. Busca, tal vez, añadir rasgos nuevos a lo ordinario, que permitan romper la monotonía en la que, a veces, nos entrampamos. Aquello que se manifiesta en palabras, en acontecimientos, en revelaciones…, es determinante y definitivo; nos mueve, nos interpela o, por lo menos, nos inquieta.

La palabra de Dios es así, un continuo manifestarse que se declara definitivo ante nosotros desde aquel acontecimiento epifánico de Belén. Una manifestación inadvertida que rompió los paradigmas de la tradición y el modo de concebir a Dios y relacionarse con él.

La Epifanía es un acontecimiento en el que Dios se presenta al mundo de un modo distinto al que los hombres, y sus teologías, han imaginado, y que nosotros, hoy, no hemos sabido leer, o nos resistimos a aceptarlo de ese modo. Nos empeñamos en “sobre sacralizar” lo que leemos en los textos bíblicos y minimizamos la profunda sencillez en la que él se hace presente entre nosotros.

Allí, no hay más que un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre, en un contexto de pobreza y marginación; un grupo de pastores (marginados) a quienes se da a conocer la alegre noticia y tres hombres venidos de fuera en búsqueda de la verdad.

No obstante, nuestra mirada se ha limitado y vemos únicamente una celebración popular, o litúrgica, en el mejor de los casos, pero no celebramos un acontecimiento fundante. Tal vez porque vivimos en tinieblas (oscuridad de mente y corazón) y bajo una espesa niebla que nos envuelve hasta impedirnos ver el horizonte (cf. Is 60,2).

A partir de la Epifanía se inicia un proceso de acercamiento, de Dios al hombre y del hombre a Dios, en el que estamos invitados a caminar al lado del Señor. Pero esto no será posible si continuamos atrapados en nuestras propias redes de obstinación, negligencia, infidelidad y autosuficiencia; no será posible si no hay conversión.

Por eso, resuenan con fuerza las mismas palabras del profeta: Levántate y resplandece…, porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor alborea sobre ti. Levanta los ojos y mira alrededor(vv. 1 y 4).

Mira alrededor, pon atención a todo lo que sucede, intenta separar la verdad de la mentira y discernir entre el bien y el mal; trata de distinguir entre los rostros de tus hermanos una mirada distinta y descubrirás que Dios se ha manifestado en la condición humana, ¡se hizo hombre!, y ha querido que lo encontremos en las contradicciones de la vida: pobreza, marginación, vulnerabilidad, debilidad; pero también en la alegría, en el gozo, en la sencillez, en la humildad, en el perdón. Realidades que, de un modo u otro, nos implican y nos definen, a tal grado, que no queda más que aceptar que ese Dios, hoy, se manifiesta en nosotros.

Hermanos -dice Pablo en la carta a los efesios-: Han oído hablar de la distribución de la gracia de Dios, que se me ha confiado en favor de ustedes (3,2). Esa gracia es la presencia gratuita de Dios en nosotros; gracia que nos impulsa a vivir amando. Es así que, cuando amamos, Dios se manifiesta en nosotros: somos epifanía del Señor ante todos los hombres.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.