DOMINGO 7

DOMINGO V DE PASCUA

Acérquense al Señor Jesús, la piedra viva
(1Pe 2,4)
  • Hch 6,1-7; Sal 32; 1Pe 2,4-9; Jn 14,1-12

El número de seguidores aumentaba

¿Cuál es el panorama de la Iglesia hoy? ¿En qué situación se encuentra la comunidad cristiana? Más allá de crecer y fortalecerse, disminuye y se debilita. Pero no se trata aquí de adoptar una posición pesimista y radical, sino de plantarnos, con valor y objetividad, ante una realidad inminente.

Pablo y Bernabé fueron promotores y testigos de una comunidad que crecía en número (Hch 6,1), motivada por la predicación de la Palabra, la novedad del Evangelio y, sobre todo, por la convicción de que Jesús había resucitado.

¿Qué nos motiva hoy?, o mejor dicho, ¿qué no nos motiva? Entre otras cosas, tal vez lo más determinante, sea el descuido al interior de la Iglesia y los desacuerdos entre unos y otros. No hablamos, por supuesto, de un descuido en términos de abandono absoluto e irresponsable de la comunidad, sino más bien, un descuido que se gesta cuando ponemos más atención a los propios intereses, a las expectativas personales y de grupos, y a no querer soltar lo que puede ser compartido y asumido por el resto de la comunidad.

Aquella comunidad, de la que nos habla Hechos, comenzaba a entramparse en ese conflicto de intereses, que se va acentuando cuando se pierde el sentido de lo fundamental: el ministerio de la Palabra (Hch 6,2). Pero logró superarlo porque era una comunidad orante, que se dejaba guiar por los impulsos del Espíritu y se mantenía fiel a su Señor; una comunidad que discernía y decidía en común:

No es justo que, dejando el ministerio de la palabra de Dios, nos dediquemos a administrar los bienes. Escojan entre ustedes a siete hombres de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a los cuales encargaremos este servicio. Nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la palabra (Hch 6,2-4).

¿Cuál es la clave? Pedro la expone con claridad: Acérquense al Señor Jesús, la piedra viva(1Pe 2,4). Sólo una cercanía así permite descubrir y percibir la esencia de la Iglesia, de la asamblea de los bautizados: Que también nosotros somos piedras vivas con las que se edifica un templo espiritual y se cohesiona un sacerdocio santo, común a todos los bautizados (cf. 1P 2,5).

Es una comunidad que nace de una elección y no de una serie de decisiones humanas, que la desfiguran y la destruyen: Ustedes son estirpe elegida, sacerdocio real, nación consagrada a Dios y pueblo de su propiedad (1Pe 2,9).

En ella se verifica una promesa que transforma la experiencia comunitaria en dimensión teologal: En la casa de mi Padre hay mucha habitaciones. Si no fuera así, yo se lo habría dicho a ustedes, porque ahora voy a prepararles un lugar. Cuando me haya ido y les haya preparado un lugar, volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes (Jn 14,2-4). Estar donde él está, presencia de Dios en el hombre y del hombre en Dios.

Ante un panorama que podría parecer desolador, resuenan con fuerza las palabras del Señor: No pierdan la paz. Si creen en Dios, crean también en mí (Jn 14,1).

Dichosos, pues, ustedes, los que han creído…, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a la luz admirable (1Pe 2,7.9).

La comunidad de creyentes crecerá y se fortalecerá si en ella hay luz y confianza en el Espíritu, que llena y transforma los corazones de los hombres, y haciendo de Jesús la piedra angular (1Pe 2,7).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.