DOMINGO 6

DOMINGO I DE CUARESMA

VER

El tiempo ha llegado. Nos encontramos nuevamente en el contexto de la Cuaresma, tiempo que nos invita a profundizar en la fe, pero sobre todo, a revisar nuestra vida, nuestras acciones y nuestra relación con el hermano. Tiempo marcado por los signos que resaltan los fundamentos de nuestro ser como cristianos: el desierto, la oración, la fidelidad, el compromiso, la escucha, la Voluntad de Dios…  

No obstante, corremos el riesgo de ver en ella únicamente una serie de prácticas convencionales, encuadradas en el tiempo que toca vivir (sólo 40 días…); practicas que se agotan en sí mismas y no van más allá del simple cumplir: ayunos sin sentido, abstinencia de carnes y sacrificios de ocasión.

La cuaresma nos habla de un camino que transita de la esclavitud a la libertad, de la oscuridad a la luz, de la tristeza al gozo, de la muerte a la vida; a través de él se inicia una experiencia inagotable, con sabor a eternidad y horizontes de gloria, donde, una vez superado el desierto, asoma ante nosotros una tierra que mana leche y miel, y el cumplimiento de una promesa: ¡Resurrección!

No permitamos que la tentación de las cosas pasajeras, como el deseo de poder o el éxito extravagante, nos deslumbren, y perdamos así la belleza de la verdad, o la profundidad del amor.

ILUMINAR

Dt 26,4-10; Rm 10,8-13; Lc 4,1-13.

En las pruebas a las que Jesús fue sometido en el desierto (cf. v. 13), se manifiestan tres grandes tentaciones de la humanidad: el poseer, el deseo de poder y la necesidad de dominar, enmarcadas por el egoísmo y la idolatría. Tentaciones que el hombre encuentra, ante sí, a cada momento y en toda circunstancia y, si el mal lo supera, harán mella en su corazón frágil y vacío de sentido.

Cuarenta días de un enfrentamiento agotador, hasta sentir hambre (v. 2); luchando a muerte con el maligno que, a fuerza de engaños, contraviene y reta el plan salvífico de Dios. Pone en duda la fe, la fidelidad y la dignidad de la persona. Jesús asume el reto, y nos enseña a asumirlo como preparación para algo mejor y definitivo. Para lograrlo, será necesario dejarse conducir por el Espíritu (v. 1).

Este es el paradigma de la cuaresma: dejarse conducir por el Espíritu, permitiendo que su fuerza conduzca nuestro proceso de conversión hacia una verdadera transformación de la persona y de la realidad. Para Jesús, como para nosotros, no son retos personales ni logros alcanzados en primera persona; son la lucha tenaz de las opciones fundamentales: optar por el mal, o por el Reino.

En ese ambiente Jesús debe madurar su vocación, su opción de vida, ¿cómo llevar adelante la tarea mesiánica de la liberación del pueblo?, ¿cómo revelar a la gente la verdadera imagen de un Dios que ama a todos pero que por encima de todo ama más a los desposeídos, los humildes, los sencillos y cómo hacerles ver que el actual orden de cosas no es el que Dios quiere para sus hijos e hijas? […][1]

La superación de las tentaciones está animada por una proyección social y un compromiso que se presenta como denuncia de los abusos de poder sobre el pueblo, que el diablo enarbola y ofrece a Jesús para extender su dominio:

A mí me ha sido entregado todo el poder y la gloria de estos reinos, y yo los doy a quien quiero. Todo esto será tuyo si te arrodillas y me adoras (vv. 6-7).

En la respuesta de Jesús resuena la profesión de fe de Israel, pueblo al que pertenece; profesión que sustenta la libertad y el destino promisorio que Dios le ha otorgado: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás (v. 8).

Sólo superando la idolatría y la desconfianza, el creyente podrá abrirse a la voluntad de Dios y a la escucha de su palabra, elementos esenciales para la vida, sabiendo que no sólo de pan vive el hombre (v. 4) y que una actitud humilde y honesta evitará, con éxito, la tentación de poner a prueba al su Dios (cf. v. 12).

Los cuarenta días son un proceso de purificación y superación de todo aquello que no es el proyecto de Dios; allí, en el actuar de Jesús, se prefigura la relación hombre-Dios y cobran sentido el ayuno, el sacrificio y la penitencia, no como mediación coyuntural, sino como renuncia definitiva de las injusticias y opción preferencial por los oprimidos. Así lo advertía el profeta Isaías (1,11-18):

¿De qué me sirve la multitud de sus sacrificios? –dice el Señor–. Estoy harto de holocaustos de carneros, de grasa de animales cebados; la sangre de novillos, corderos y chivos no me agrada.

Cuando entran a visitarme y pisan mis atrios, ¿quién exige algo de sus manos? No me traigan más ofrendas sin valor, el humo del incienso es detestable. Lunas nuevas, sábados, asambleas… no aguanto reuniones y crímenes.

Sus solemnidades y fiestas las detesto; se me han vuelto una carga que no soporto más. Cuando extienden las manos, cierro los ojos; aunque multipliquen las plegarias, no los escucharé. Sus manos están llenas de sangre.

Lávense, purifíquense, aparten de mi vista sus malas acciones. Cesen de obrar mal, aprendan a obrar bien; busquen el derecho, socorran al oprimido; defiendan al huérfano, protejan a la viuda. Entonces, vengan, y discutamos –dice el Señor–.

Aunque sus pecados sean como el rojo más vivo, se volverán blancos como nieve; aunque sean rojos como escarlata, quedarán como lana.

ACTUAR

En palabras del Papa Francisco:

Pero Jesús se opone victoriosamente a la atracción del mal. ¿Cómo lo hace? Respondiendo a las tentaciones con la Palabra de Dios, que dice que no hay que aprovecharse, que no hay que utilizar a Dios, a los demás y las cosas para uno mismo, que no hay que aprovecharse de la propia posición para adquirir privilegios. Porque la verdadera felicidad y la libertad no están en el poseer, sino en el compartir; no en aprovecharse de los demás, sino en amarlos; no en la obsesión por el poder, sino en la alegría del servicio.

Hermanos y hermanas, estas tentaciones también nos acompañan a nosotros en el camino de la vida. Debemos estar atentos, no nos asustemos —le ocurre a todos— y estar atentos, porque a menudo se presentan bajo una aparente forma de bien. De hecho, el diablo, que es astuto, siempre utiliza el engaño. Quería que Jesús creyera que sus propuestas eran útiles para demostrar que realmente era el Hijo de Dios (Ángelus del 6 de marzo de 2022).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.


[1] Schökel, L. A. La Biblia de nuestro pueblo.