DOMINGO 5

DOMINGO II DE CUARESMA

Este es mi Hijo… ¡Escúchenlo! (Mt 17,5)
  • Gn 12,1-4; Sal 32; 2Tim 1,8-10; Mt 17,1-9

De ida y vuelta

A lo largo de nuestra vida no sólo transitamos caminos de ida, sobre los cuales avanzamos sin detenernos, siempre adelante, seguros de que en algún punto alcanzaremos nuestros objetivo. No siempre es así, también hay caminos de ida y vuelta, que nos llevan a un punto determinado y, luego, nos obligan a desandar, regresar al lugar de donde partimos, pero ahora transformado en nuevo destino.

No hay líneas rectas en la vida, ni aprendizajes que se sucedan uno detrás de otro, con precisión matemática, como si al final, con ello, pudiéramos obtener el conocimiento pleno de las cosas. Por el contrario, hemos tenido que enfrentarnos a los altibajos, a la inestabilidad y a los cambios fortuitos que nos enseñan cómo, muchas veces, aprendemos y desaprendemos, creemos en ciertas cosas y, de repente, dejamos de creer en ellas; nos envuelven las dudas, la incertidumbre, el miedo.

A veces, nos ciega el brillo de la seducción y, fascinados, sin entender por qué, nos instalamos en ella, hasta que su inerme luz fenece y, entonces, arrebatados por la conciencia, tenemos que mirar, nuestra realidad desnuda y emprender el camino de vuelta hacia ella.

Pedro, Santiago y Juan, fueron llevados a lo alto de un monte (Mt 17,1) y pudieron contemplar la luz que irradiaba el rostro de Jesús, como el sol que nace de lo alto e ilumina las tinieblas (Lc 1,78-79). Pero, fascinados, quisieron apropiarse de ese instante, porque confundieron la felicidad perenne con los placeres momentáneos que afloran de la idolatría; su imaginación se antepuso a la actitud humilde que, en silencio, acoge con sencillez la revelación.

Por eso, una voz interrumpió sus cavilaciones: ¡Escúchenlo! (Mt 17,5). Esa es la clave: interrumpir todo lo que nuestros deseo buscan y dejarnos transformar por una palabra distinta que, más allá de lo incomprensible, se acerca y nos dice levántense, no teman (v. 6).

Es necesario levantarse, bajar y tomar un camino distinto (cf. Mt 17,9), como Abram: dejarlo todo (país, parentela, casa paterna, seguridades…), y confiar en la palabra de Yahvé que nos lleva a una tierra desconocida (Gn 12,1-4), donde habrá que comenzar de cero, transfigurándonos; desaprender, desandar, renovar nuestra fe. Levantar la mirada y darnos cuenta de que no veremos nada, más que a Jesús (Mt 17,8).

Escucharlo a él, y poner solo los ojos en él (S. Juan de la Cruz, 2S 22,6)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.