DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO
VER
Mucho hablamos de la libertad de expresión y del valor de la palabra; del derecho a la información y a la educación. Lo que quiere decir que es prioritario que toda persona tenga la posibilidad, irrestricta, de hablar, expresarse y opinar, además de tener un acceso garantizado al conocimiento que le permita formular ideas, construir criterios de vida y tener al alcance los fundamentos que sustentan, la posibilidad también, de una vida digna.
La comunicación es inherente a la naturaleza humana, hemos sido creados para socializar con nuestros semejantes y relacionarnos con ellos y, por eso, estamos capacitados con funciones sensoriales que nos ayudan a conectar con el entorno, conocerlo y transformarlo.
Podemos enfrentarnos a limitaciones físicas, innatas en algunos, accidentales en otros, que, una vez superadas gracias al uso de herramientas, dispositivos y una enseñanza especializada, logramos que mucha gente siga sus procesos de vida y adaptación, de integración a la sociedad y dignificación de su trabajo.
No obstante, a veces somos parte de sistemas y estructuras que ciegan, enmudecen y coartan toda posibilidad de vida digna; mujeres y hombres en todo el mundo sin la oportunidad, ni siquiera mínima, de pronunciarse ante las injusticias, de conocer la verdad; sus palabras no tienen validez y la ignorancia es una sombra que los condena al olvido de la sociedad.
ILUMINAR
Is 35,4-7; Sal 145; Sant 2,1-5; Mc 7,31-37.
El mensaje profético pasa del texto a la vida, la voz de Yahvé resuena con fuerza en medio de las adversidades que oprimen a tanta gente:
Digan a los de corazón apocado: ¡Ánimo! No teman. He aquí que su Dios, vengador y justiciero, viene ya para salvarlos (Is 35,4).
Las realidades de opresión son ahora la causa de Dios, ellas contravienen su voluntad y denigran la dignidad de la persona. Por eso, las palabras de Isaías son portadoras de una promesa eficaz, que cambiará la oscuridad en luz y la ignorancia en un camino hacia la verdad:
Se iluminarán entonces los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos se abrirán. Saltará como venado el cojo y la lengua del mudo cantará (vv. 5-6).
No obstante el alcance de dicha promesa, seguirá habiendo ciegos, sordos y mudos como consecuencia del desprecio por la justicia. Así lo confirma el evangelista Marcos: en aquel tiempo, llevaron a Jesús un hombre sordo y tartamudo (vv. 31-32).
En torno a ese hombre, a quien las limitaciones le han negado todo, está la gente que suplica le imponga las manos (v. 32), pero que, al parecer, no está dispuesta, por ella misma, a cambiar la realidad de ese hombre y de muchos otros.
Jesús, apartándolo de la gente, no sólo rompe con una invalidez que ata al individuo, sino que también, rompe con el vínculo de la dependencia y la mediocridad de una sociedad que se ha conformado con mirar y lamentarse; una sociedad que tiene miedo de tocar y hacer suyo aquello que la interpela y que se le ha dado a conocer, pero se resiste a aceptarlo y cambiar radicalmente su propia realidad (cf. v. 33).
El gesto de Jesús hace evidente la cercanía del Reino por medio de su palabra y de su mano que cura, toca superando todo prejuicio y penetra hasta lo más profundo de la persona, hasta lograr que se abra a la novedad liberadora y a la verdad plena que vienen del cielo: ¡Effetá! (v. 34).
El sordomudo -dice Luis A. Schökel- simboliza la actitud cerrada del mundo pagano (y de la sociedad en general) frente al proyecto de Dios: sordos para escucharlo y tartamudo para proclamarlo.[1]
ACTUAR
El apóstol Santiago nos recuerda cuál es la opción fundamental del Reino y el eje central de la predicación:
Queridos hermanos, ¿acaso no ha elegido Dios a los pobres de este mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que lo aman? (2,5).
Pero nos olvidamos, y nos hacemos sordos y tartamudos ante las realidades de opresión, de pobreza y de injusticia cometidas a nuestros hermanos.
Hoy, Papa Francisco nos advierte: Todos tenemos orejas, pero muchas veces nos rehusamos a escuchar. ¿Por qué? Hermanas y hermanos, hay de hecho una sordera interior, que hoy podemos pedir a Jesús que toque y sane. Esa sordera interior es peor que la física, porque es la sordera del corazón. Esclavos de la prisa, de mil cosas qué decir y hacer, no encontramos el tiempo para detenernos a escuchar a quien nos habla. Corremos el riesgo de hacernos impermeables a todo y de no dar espacio a quien tiene necesidad de ser escuchado: pienso a los hijos, los jóvenes, los ancianos y a muchos que no tienen tanta necesidad de palabras y prédicas, sino de escucha… (Ángelus del 5 de septiembre de 2021).
Que la actitud de Jesús, ante este panorama, sea la nuestra, a tal grado que, cambiando el rumbo de la realidad, puedan decir de nosotros:
¡Qué bien lo hace todo! Hace oír a los sordos y hablar a los mudos (Mc 7,37).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
[1] La Biblia de Nuestro pueblo, comentario a pie de página de Mc 7,31-37.
