DOMINGO 4

Creer en aquel que él ha enviado (v. 29)

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

  • Ex 16,2-4.12-15; Sal 77; Ef 4,17.20-24; Jn 6,24-35

El hombre es un ser en constante cambio y búsquedas interminables; su propio desarrollo lo lleva hacia la madurez y la plenitud por un camino de transformaciones ineludibles y asombrosas. Así es, a menos que él mismo se lo impida, o que haya circunstancias que no le permitan alcanzar con libertad lo que es, o debería ser.

Ambos movimientos, búsqueda y cambio, representan un reto de adaptaciones y renovación en todas las dimensiones, tanto a nivel personal como colectivo. El devenir de la vida y de la historia conlleva siempre un suceder de acontecimientos impredecibles que nos obligan a aceptarlos y hacernos parte de ellos; a veces sobreponiéndonos y superándolos, pues de lo contrario, quedaríamos atados al estancamiento de las costumbres, las rutinas, los ritualismos, o al espejismo de la inmediatez.

Los atavismos son reflejo de los apegos, o de la resistencia al cambio; de la obstinada negación a salir de las zonas de confort, o moverse hacia otras tierras, otras realidades, otros horizontes; o consecuencia del absurdo regreso al pasado, provocado por la nostalgia, la inseguridad, el desaliento y la desesperanza.

Cuando no somos capaces de abrirnos a las novedades de la vida, nos sentamos al borde de la muerte, como negación total y nulidad de lo que es posible.

Esa fue la actitud de Israel en el desierto (Ex 16,2-4.12-15), que se dejó invadir por la desconfianza y la insatisfacción; la desesperación los llevó a la engañosa añoranza del pasado, aunque este fuera adverso y aterrador: la esclavitud. Los apegos le ofrecían una efímera seguridad que abría las puertas al deseo de la muerte, como única alternativa quizá: Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne y comíamos pan hasta saciarnos(Ex 16,2-3).

De igual manera la multitud que, buscando, encontró a Jesús (Jn 6,24-35). Hombres y mujeres movidos por la satisfacción de un momento, se dejaron llevar por un apego material que no les permitía acoger la invitación al cambio y asumir el reto de ver más allá de los cinco panes hasta descubrir la novedad del Reino.

Este panorama es reflejo de nuestras sociedades; buscamos incansablemente alguna razón que satisfaga nuestros vacíos y sucumbimos rendidos ante cualquier oferta que apacigüe momentáneamente la insatisfacción, o reivindique nuestras viejas seguridades. Así, nos atamos, con más fuerza, a las costumbres, a los apegos rutinarios y al inocuo destello de lo superfluo.

Trabajamos arduamente por las cosas que se acaban y no por aquello que alimenta el corazón y el deseo de lo eterno (cf. v. 27); creemos en cualquier propuesta, la que sea, y con ella permeamos acciones, pensamientos y decisiones, olvidando lo fundamental y lo único que Dios nos pide: creer en aquel que él ha enviado (v. 29).

La advertencia de Pablo a los efesios (4,17.20-24) debe ser para nosotros una toma de conciencia:

No vivan como los paganos, que proceden conforme a lo vano de sus criterios. Esto no es lo que ustedes han aprendido de Cristo; han oído hablar de él y en él han sido adoctrinados, conforme a la verdad de Jesús. Él les ha enseñado a abandonar su antiguo modo de vivir, ese viejo yo, corrompido por deseos de placer.

Dejen que el Espíritu renueve su mente y revístanse del nuevo yo, creado a imagen de Dios, en la justicia y en la santidad de la verdad.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.