DOMINGO 4

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO

Él se le acercó, y tomándola de la mano, la levantó (Mc 1,31)
  • Job 7,1-4.6-7; Sal 146; 1Cor 9,16-19.22-23; Mc 1,29-39

Mucho hablamos de los contrastes sociales, de las marcadas diferencias (económicas, culturales, laborales, educativas, de género…) entre unos y otros; diferencias que nos distancian, nos alejan; que destruyen las relaciones y nos convierten, unos frente a otros, en enemigos.

Distinguimos a los que están arriba de los que se quedan abajo; aquellos que gozan de privilegios de los que no cuentan con nada; los que viven en la abundancia y la opulencia, de los que “viven sometidos” a una pobreza extrema, que les ha arrancado la dignidad y negado la esperanza.

Para muchos, la vida es como una carga pesada y su condición es el rostro de la esclavitud.  Sucumben en el olvido y el desamparo, sin poder ver, siquiera, el principio de un camino que los conduzca al horizonte donde la luz asoma y se manifiesta la claridad.

En las palabras de Job resuena el lamento de los pobres y de aquellos que, por diferentes razones, has sido sometidos al desprecio y la negación. Soldados, jornaleros, esclavos… (cf. Job 7,1-2), son el testimonio de la inhumanidad y representan los infortunios que la vida de muchos en el pueblo, han de soportar a lo largo de sus días. Para ellos no hay amanecer (Job 7,4), la esperanza se consume, la vida es etérea como un soplo¡no volverán a ver la dicha! (Job 7,7)

De igual manera, la suegra de Pedro, más allá de la fiebre que la mantiene en cama (Mc 1,30), es símbolo de las marginaciones sociales y religiosas que han marcado límites a la libertad y la dignidad de mujeres, ancianos y enfermos; tampoco para ellos hay esperanza y lo único que se manifiesta ante ellos es la muerte.

Pero hay algo distinto, el rumor de una buena noticia que ha llegado a oídos de todos: Jesús y su palabra rompe paradigmas y recupera la esperanza del pueblo; presencia que, más allá de las sinagogas (Mc 1,29), se adentra en las realidades humanas (la casa de Pedro) y hace lo que otros evitan: se acerca, tiende la mano (hace contacto con ellas) y levanta para liberar de ataduras y, así, reintegrar a la persona a la vida y hacerla parte de la dinámica del Reino: ¡servir! (cf. v. 31).

El mismo Pablo, que en su proceso de conversión ha sido levantado para convertirse en precursor del evangelio, sabe lo importante que es servir incondicionalmente:

Me he convertido en esclavo de todos, para ganarlos a todos. Con los débiles me hice débil, para ganar a los débiles. Me he hecho todo a todos, a fin de ganarlos a todos. Todo lo hago por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes (1 Cor 9,22-23).

Jesús se deja confrontar por la realidad, la mira con misericordia, la escucha con amor y la acoge generosamente; en oración (Mc 1,35), la pone en manos del Padre, para luego encontrarse, nuevamente, con los que lo andan buscando (Mc 1,27) para servirlos: Vamos a los pueblos cercanos para predicar también allá el Evangelio, pues para eso he venido (Mc 1,39).

Y para nosotros, caminar con Jesús, seguirlo, significa hacernos débiles con los débiles (cf. 1Cor 922), servirlos y, junto a ellos, ¡volver a ver la dicha! (cf. Job 7,7).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.