DOMINGO 4

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO

caminaba con Jesús una gran muchedumbre (v. 25)

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 

Lc 14, 25-33

En aquel tiempo, caminaba con Jesús una gran muchedumbre y él, volviéndose a sus discípulos, les dijo: «Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo. Y el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.

Porque, ¿quién de ustedes, si quiere construir una torre, no se pone primero a calcular el costo, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que, después de haber echado los cimientos, no pueda acabarla y todos los que se enteren comiencen a burlarse de él, diciendo: ‘Este hombre comenzó a construir y no pudo terminar’.

¿O qué rey que va a combatir a otro rey, no se pone primero a considerar si será capaz de salir con diez mil soldados al encuentro del que viene contra él con veinte mil? Porque si no, cuando el otro esté aún lejos, le enviará una embajada para proponerle las condiciones de paz.

Así pues, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo».

Palabra del Señor.

PARA REFLEXIONAR

Nos hemos acostumbrado -o malacostumbrado– a un cristianismo devocional, de costumbres piadosas, de compromisos simples, pero sin repercusión alguna en la comunidad o en la transformación de la sociedad. Nos comportamos del mismo modo que aquella muchedumbre que seguía a Jesús (cf. v. 25), en masa, hasta que el mismo Señor, inadvertidamente, rompa nuestras inercias, ponga un alto a nuestro vago caminar interpelándonos.

Seguirlo, exige tener claridad de lo que eso implica: renunciar, priorizar, prever y estar dispuestos a todo…

  • No nos pide que dejemos de ser padres, madres, hijos o hermanos, sino que las estructuras sociales, que a veces nos condicionan, pasen a segundo término y el discipulado se viva con libertad y entrega total (v. 26).
  • Cargar la cruz, no significa vivir crucificados, sino asumir el evangelio y sus consecuencias como forma de vida (v. 27).
  • Calcular el costo (v. 28) es como medir nuestras fuerzas y tener la certeza interior de que seremos capaces de llegar hasta el final con el Señor.
  • El mundo y la sociedad suponen retos, obstáculos y luchas difíciles para los seguidores, que pondrán a prueba nuestra entereza y la solidez de la fe… ¿Estamos preparados para ello? (v. 31).

El libro de la Sabiduría traza el camino de que debemos seguir y el primero paso, además de la renuncia a las propias certezas, es la humildad:

Con dificultad conocemos lo que hay sobre la tierra y a duras penas encontramos lo que está a nuestro alcance. ¿Quién podrá descubrir lo que hay en el cielo? ¿Quién conocerá tus designios, si tú no le das la sabiduría, enviando tu santo espíritu desde lo alto?

Sólo con esa sabiduría lograron los hombres enderezar sus caminos y conocer lo que te agrada (vv. 16-17).

Para comprender mejor…

Ante todo, es necesario que a nivel personal el individuo cambie en su interior. Es decir, la nueva sociedad será posible en la medida en que haya hombres y mujeres que cambien radicalmente su escala de valores: el deseo de ganar y atesorar, por el proyecto de compartir; el deseo de mandar, por el servicio incondicional a todos, y el deseo de subir y brillar, por la solidaridad. Sólo a partir de este cambio y desde esta profunda conversión es posible pensar en una sociedad nueva y distinta de la que tenemos […] (José María Castillo)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.