DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO
- Sir 3,19-21.30-31; Sal 67; Heb 12,18-19.22-24; Lc 14, 1.7-14
Si la humildad caracteriza la vida de una persona, vemos en ella signos de sencillez, coherencia y madurez. Sus palabras, arropadas por un silencio que las discierne, brotan del corazón y llegan al corazón de otros, tal vez necesitado de comprensión, respeto o amor; son palabras suaves, pero al mismo tiempo firmes, permeadas de verdad y certeza. La humildad precede cada uno de sus actos y sus decisiones, que se convierten, luego, en gestos de servicio y ternura; de compasión y misericordia.
En la Sagrada Escritura la humildad define al creyente, mujeres y hombres de fe que se han sobrepuesto a las tentaciones del orgullo y la vanidad; al engaño de los privilegios y la ostentación.
Vivir en humildad es el consejo del Sirácide:
Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te amarán más que al hombre dadivoso. Hazte tanto más pequeño cuanto más grande seas y hallarás gracia ante el Señor, porque sólo él es poderoso y sólo los humildes le dan gloria (3,19-21).
El evangelio nos dice que en los seguidores del Señor se manifiestan dos signos del Reino: la humildad y la generosidad, pues no buscan los primeros lugares, ni anteponen sus intereses a los de otros.
Estos seguidores son aquellos que, cuando ofrecen un banquete, invitan a los pobres, a los cojos, a los lisiados y a los ciegos…, a los que nadie invitaría por su condición social, su raza, sus preferencias, o sus ideas (cf. v. 13)
En este contexto, el Papa Francisco nos invita a reflexionar:
La historia enseña que el orgullo, el arribismo, la vanidad y la ostentación son la causa de muchos males. Y Jesús nos hace entender la necesidad de elegir el último lugar, es decir, de buscar la pequeñez y pasar desapercibidos: la humildad. Cuando nos ponemos ante Dios en esta dimensión de humildad, Dios nos exalta, se inclina hacia nosotros para elevarnos hacia Él: Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille será ensalzado. (Ángelus, 28 agosto 2016)
¿Qué brota de tu corazón? ¿Qué estás dispuesto a cambiar? ¿Qué harías diferente?
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

