DOMINGO 31

LA SAGRADA FAMILIA DE JESÚS, MARÍA Y JOSÉ

El niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría
  • Gn 15,1-6; 21,1-3; Heb 11,8.11-12.17-19; Lc 2,22-40

No hay familia extraordinaria. Todas y cada una surgen, se van conformando y desarrollan en la cotidianidad del horizonte humano; nunca más allá ni tampoco en un mundo aislado y ajeno a los demás.

Es como una semilla -aunque también un semillero- que hunde sus raíces en la tierra donde se experimentan todo tipo de dificultades, retos y vicisitudes; donde se gestan, además, los grandes ideales a partir de logros cotidianos.

No haya familia que no se conciba, a sí misma, en la dinámica del hogar: dimensión abierta a toda realidad y a toda persona que entable relación con ella. Hogar es sinónimo de calidez, casa habitable, espacio que se habita y que acoge.

Así, la familia no es el telón de fondo, sino el contexto humano para cada individuo que pertenece a ella; sustento de su identidad y salvaguarda de su propia dignidad: no podemos hablar de alguien (identidad) sin la profunda raíz donde inicia la concepción y de la que, luego, se va gestando y construyendo, poco a poco, la persona (dignidad).

La Sagrada Familia de Jesús, María y José comenzó del mismo modo, cumpliendo lo prescrito por la ley (v. 23), enfrentando dificultades y dudas. Surgieron sobre el mismo horizonte que los demás y con expectativas similares a las de sus coterráneos.

Lo extraordinario es que, siendo así, tan humana y común, hicieron espacio a la voz del Señor en su corazón y fueron descubriendo, poco a poco, el camino y el destino marcados por la peculiar elección de la que habían sido acreedores.

Pero nunca pretendieron adueñarse de ese privilegio ni ostentar la presencia divina en su seno, siempre volvían a Galilea, a su ciudad de Nazaret (v. 39), para que allí, en esa tierra de la que nada buen se esperaba (cf. Jn 11,46), el niño, y también ellos, creciera, se fortaleciera y se llenara de la sabiduría de Dios (v. 40).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.