
DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO
- Sab 11,22-12,2; 2Tes 1,11-2,2; Lc 19,1-10
Aquello que nos distingue de otras religiones, e incluso de ideologías, es cómo nuestra fe nace animada por un Dios que viene al encuentro del hombre; un Dios que no pasa por encima de nosotros, ni condena a nadie sin antes haberse hecho presente en nuestra historia, para acompañarla, comprenderla y acogerla.
Un Dios que viene a llamarnos, pronunciando nuestro nombre, esperando una respuesta libre, del corazón, la que estemos dispuestos a darle, sin condiciones ni falsedad. Un Dios que se revela amando, y porque ama, perdona.
Su cercanía, es una presencia constante que seduce, que inquieta y que empuja al hombre a superar todo obstáculo que le impide llegar a él, antes de que sea demasiado tarde.
Zaqueo es el paradigma de una vida condenada a fenecer si no fuese capaz de superar las limitaciones que, en ocasiones, los demás nos imponen; las limitaciones del entorno (Lc 19,3), pero, sobre todo, las autolimitaciones, las que nos autoimponemos y nos llevan al pesimismo, al derrotismo y al fracaso…
El Señor siempre está. La pregunta es: ¿Queremos estar con él? No hay tiempo para dudarlo y emprender el camino, correr sin detenernos y subir al árbol más alto (v. 4) para verlo pasar. Al deseo de encontrarnos con Jesús corresponde, en igual medida, la disponibilidad de que él se encuentre con nosotros (Misal noviembre 2022, 30 de octubre, Buena Prensa):
Bájate pronto, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa (v. 5)
Así, en Jesús encontramos el rostro de ese Dios que se nos revela amando:
Te compadeces de todos, y aunque puedes destruirlo todo, aparentas no ver los pecados de los hombres, para darles ocasión de arrepentirse. Porque tú amas todo cuanto existe y no aborreces nada de lo que has hecho; pues si hubieras aborrecido alguna cosa, no la habrías creado (Sab 11,23-24).
Nosotros, como Pablo, junto con toda la comunidad de creyentes, oremos siempre, para que Dios nos haga dignos de la vocación a la que nos ha llamado, y con su poder, lleve a efecto tanto los buenos propósitos que nosotros hemos formado, como lo que ya hemos emprendido por la fe(cf. 2Tes 1,11).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
