DOMINGO III DE CUARESMA

- Ex 20,1-17; Sal 18; 1Cor 1,22-25; Jn 2,13-25
Llega el tiempo de poner fuera del corazón, del cuerpo, de la vida…, tantas cosas que nos han convertido en muestrario público; mercado humano donde todo se oferta sobre la mesa de los cambistas, en la que confluyen la ambición de poder y el insaciable deseo de la debilidad. En cada persona incauta se imprime, sin escrúpulo alguno, el voraz consumo de la mercadotecnia, la fascinación de las culturas emergentes, el espejismo de las modas convencionales, o de los efímeros estilos de vida que nos “distinguen”, pero nos dividen.
Llega el tiempo de cambiar y, para logarlo, tendrá que haber una razón de fondo, un por qué ineludible. Una presencia envolvente dentro del hombre, que no deje espacio a la duda, la distracción, el olvido o la idolatría; una palabra eterna que, con la fuerza del viento, nos recuerde constantemente que fuimos creados a imagen y semejanza (cf. Gn 1,26-27) y que en ello ha sido trazado el destino de mujeres y hombres para siempre.
Es imperante echar por tierra la grotesca vendimia sobrepuesta a la presencia divina que, con tal de favorecer intereses particulares y prerrogativas sin sentido, se anteponen a la fe cerrando los caminos hacia el encuentro con Dios. Es necesario desmantelar ese indignante entramado que desvirtúa el templo que somos, lugar donde Dios habita (cf. 1Cor 6,19) y que se ha convertido en un mercado.
Jesús se encontró con una realidad no muy distinta: el lugar sagrado abarrotado de vendedores (Jn 2,14-16). La impulsividad de sus decisiones y su arrebato son para nosotros un paradigma, una propuesta, atrevida, que va más allá del tiempo pasado y nos implica en el presente: ya no es el Templo de Jerusalén, sino la realidad humana que hoy es pisoteada, puesta a la venta en la trata de mujeres y niños; es el cuerpo devastado, masacrado, desmembrado, o mutilado por el derroche que vierten sobre él intereses y decisiones carentes de valores, de principios y sensatez.
A Jesús lo motiva una razón de fondo, un celo que lo devora (Jn 2,17), poque él ha sabido acoger y poner en práctica lo que establece el decálogo, como un reflejo fehaciente de la voluntad de su Padre: No tendrás otro dios fuera de mí; no te fabricarás ídolos ni imagen alguna de lo que hay arriba, en el cielo, o abajo, en la tierra, o en el agua, debajo de la tierra… (Ex 20,3-4).
Eso es, precisamente, lo que representan los vendedores de animales y los cambistas: ¡la idolatría! Ellos y las autoridades han trastocado el significado del Templo, pasando por alto lo que realmente le da sentido: el Templo es lugar de encuentro con Dios con el hombre, y no un mercado.
Jesús va más allá de la lógica simplista y del fideísmo vacío que sólo tiene ojos para el templo material y la materialidad en torno a él: hace suya la sacralidad de todo cuerpo y de todo el cuerpo, y lo redime en su propio sacrificio: aunque sea destruido, en tres días lo reconstruirá (Jn 2,19).
¡Es una locura!
Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos y locura para los paganos; en cambio, para los llamados, sean judíos o paganos, Cristo es la fuerza y la sabiduría de Dios. Porque la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza de los hombres (1Cor 1,22-25).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
