DOMINGO 3

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO

  • Jr 20,7-9; Sal 62; Rm 12,1-2; Mt 16,21-27

En un mundo donde todo se nos da y en sociedades que alientan, incesantemente, una vida de confort y bienestar, el concepto de renuncia y, más aún, la actitud generosa del desprendimiento (¡renunciar!), non tienen cabida en el horizonte de las aspiraciones humanas. Porque, desde esta perspectiva, renunciar significaría la negación de la propia dignidad y de algunos derechos que, mal entendidos, se han convertido en las más profundas obstinaciones de la persona.

Optar por alguien, o algo, en la vida, tomar decisiones importantes, iniciar un proyecto…, suponen una serie de renuncias y desapegos que permitan avanzar con libertad y sin ataduras que impidan alzar el vuelo. Pero, tal vez, es por esto que nos resistimos a tomar decisiones definitivas y duraderas, sabiendo que el compromiso supone la negación de un yo autorreferencial y encerrado en sí mismo.

En medio de este mundo, optar por el Reino, pone ante nosotros un reto mayor: El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga (Mt 16,24).

El seguimiento del Señor presupone la renuncia de uno mismo y la aceptación de la cruz. ¿Qué significa esto en la vida de una creyente?

La renuncia es fruto del discernimiento que ayuda a distinguir el yo sobreprotegido, aislado de la realidad y alejado de toda situación comprometedora; el yo configurado con los criterios del mundo que lo hacen insensible e indiferente a toda necesidad humana más allá de sí mismo, del yo que ha sido capaza de abrir su corazón al hermano y renunciar al egoísmo y la egolatría.

Tomar la cruz significa aceptar y asumir las consecuencias que implican la opción por el Reino y es, además, una opción libre y personal; no una “cruz” que Dios nos pone a cuestas, o nos impone, sino la cruz que acogemos con libertad, generosidad y firme decisión de perder la vida por el Señor (v. 25).

Renuncia y cruz son el resultado de una seducción, ineludible, a la que cedemos y no ponemos resistencia, a pesar de las consecuencias:

Me sedujiste Señor, y me dejé seducir; fuiste más fuerte que yo y me venciste. He sido el hazmerreír de todos; día tras día se burlan de mí… Por anunciar la palabra del Señor, me he convertido en objeto de oprobio y de burla todo el día (Jr 20,7-8)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.