DOMINGO V DE CUARESMA

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Hay muchas maneras de ocultar nuestros errores, nuestros miedos y nuestros resentimientos: tal vez en la mentira, o en el engaño premeditado; en el desprecio o la indiferencia, que escondemos sutilmente en las apariencias de palabras, gestos, miradas…
Pero hay un modo definitivo, contundente, casi perfecto: ¡culpar al otro! Extender sobre él el odio que nos corroe, como una red que atrapa, que anula y que mata.
No hay, al parecer, mejor manera de salir librado que adelantarse a los hechos, lanzar antes que nadie juicios condenatorios sobre la vida de mujeres y hombres que, a veces, por su condición, se encuentran en desventaja ante la ley, la justicia y las instituciones.
Lanzamos la piedra y escondemos la mano…
ILUMINAR
No recuerden lo pasado ni piensen en lo antiguo; yo voy a realizar algo nuevo. Ya está brotando. ¿No lo notan? (Is 43,18-19).
El evangelio proyecta sobre la vida una luz que ilumina la oscuridad del hombre y pone al descubierto los secretos más profundos de su corazón, su verdad alborea en el horizonte, hasta inundar cada rincón de la mente humana, transformando palabras, pensamientos y acciones en gestos de amor y misericordia.
El evangelio interpela, y nos reta a lanzar la primera piedra. ¿Seremos capaces de lapidar al hermano y sepultar bajo las piedras el oprobio de nuestras culpas?
Hemos formulado leyes, normas, códigos morales, ajenos al evangelio, que dejamos caer como sentencia lapidaria sobre mujeres y hombres acusados de “adulterio”; remarcamos sus “pecados” y, con odio y frialdad, lo condenamos a muerte… ¿tú qué dices? (v. 5)
Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra (v. 7).
El evangelio va por otro rumbo: todo queda atrás, pues la novedad que trae consigo la Buena Nueva cura, regenera, libera… ¿no lo notan? Nada se resiste al embate de su fuerza: ni el odio, ni la crueldad, ni la muerte.
¿Nadie te ha condenado?… Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar (vv. 10-11).
ILUMINAR
El evangelio marca un caminar distinto y un modo diferente de valorar la vida; de ello, Pablo es testigo y maestro: Todo lo que era valioso para mí, lo considero sin valor a causa de Cristo (Fil 3,7).
Todo depende si nos dejemos conquistar por Cristo Jesús (cf. v. 12) y, como dice el mismo Pablo, olvidar lo que hemos dejado atrás y lanzarnos hacia adelante, en busca de la meta y del trofeo al que Dios, por medio de Cristo Jesús, nos llama desde el cielo (vv. 13-14).
El Papa Francisco nos invita a reflexionar y nos exhorta:
Este es el Señor Jesús. Lo conocen verdaderamente quienes experimentan su perdón. Quienes, como la mujer del Evangelio, descubren que Dios nos visita valiéndose de nuestras llagas interiores. Es precisamente allí donde al Señor le gusta hacerse presente, porque no ha venido para los sanos sino para los enfermos (cf. Mt 9,12). Y hoy es esta mujer —que ha conocido la misericordia en su miseria y que regresa al mundo sanada por el perdón de Jesús— la que nos sugiere, como Iglesia, que volvamos a empezar en la escuela del Evangelio, en la escuela del Dios de la esperanza que siempre sorprende. Si lo imitamos, no nos enfocaremos en denunciar los pecados, sino en salir en busca de los pecadores con amor. No nos fijaremos en quienes están, sino que iremos a buscar a los que faltan. No volveremos a señalar con el dedo, sino que empezaremos a ponernos a la escucha. No descartaremos a los despreciados, sino que miraremos como primeros aquellos que son considerados últimos. Esto, hermanos y hermanas, nos enseña hoy Jesús con su ejemplo. Dejémonos asombrar por Él y acojamos su novedad con alegría. (Homilía del 3 de Abril de 2022, Malta)
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
