DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO
VER
¿Cuál es la clave para ser una pareja feliz? ¿Cómo se alcanza la felicidad en medio de tanta adversidad? ¿Qué hace falta en el seno familiar para vivir en armonía? Son preguntas que afloran de un corazón que ha perdido la esperanza y la desilusión, como sombra, oscurece el camino y oculta el porvenir.
Vivimos refugiados trás una perfección aparente, apuntalada con leyes sin sentido, en las que hemos confiado ciegamente. Sostenemos una vida transitoria que no comprende el mañana como futuro y ha negado toda validez al pasado que, si lo escuchásemos, encontraríamos el fundamento sólido de lo que realmente somos.
Nos encumbramos en la razón de nuestras ideas, necias e indolentes, sin ser capaces de mirar atrás o bajar la mirada al nivel de la inocencia que asoma en la sonrisa de un niño…
ILUMINAR
Gn 2,18-24; Sal 127; Heb 2,8-11; Mc 102,16
¿Les es lícito a un hombre divorciarse de su esposa? (Mt 10,2)
Preguntémonos si le es lícito a cualquier individuo, varón o mujer, repudiar, engañar, despreciar, abandonar, difamar, condenar… a su pareja, a sus hermanos, a sus hijos, o a sus padres, por cualquier razón y bajo la justificación de leyes gestadas en la dureza del corazón (cf. v. 5).
De la dureza surgen el odio, el desamor y el egoísmo y si una ley se acoge a ese terreno de incertidumbre y violencia, no veremos más que rompimientos y caos en toda relación humana. Una tierra infértil no permite que la semilla del amor florezca.
Siendo así, el divorcio se ofrece como salida fácil, lícita; decisión que pone, sobre la voluntad amorosa de Dios, la mediocridad de los criterios humanos. Se desentiende de aquel principio (cf. v. 6) a partir del cual la vida fluye en la unión de dos realidades, inseparables y complementarias: al crearlos, Dios los hizo hombre y mujer… De modo que ya no son dos, sino una sola carne (vv. 6 y 8).
Por tanto, Jesús se opone al divorcio que va en contra de la dignidad creacional de la condición humana y al mismo acto creador; al divorcio que se empeña en separar lo que Dios ha unido (cf. v. 9).
El Dios creador no unió en matrimonio al hombre con la mujer, los unió en igualdad de condiciones y dignidad; ningún ser creado por Dios era semejante a Adán, y a ninguno pudo nombrarlo como se nombra a un hermano o a un igual (cf. Gn 2,20); ninguno mitigó su soledad.
No es bueno que el hombre esté solo... Entonces el Señor Dios hizo caer en un profundo sueño, y mientras dormía, le sacó una costilla y cerró la carne sobre el lugar vacío. Y de la costilla que le había sacado al hombre, Dios formó una mujer. (Gn 2,18.21-22)
A partir de entonces nadie quedará solo, todo vacío interior y exterior ha sido cerrado (cf. v. 21), y la compañía que Dios entrega al hombre, será motivo de alegría y plenitud, aunque también una responsabilidad que debe ser asumida como parte de la vida: Esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne (v. 23). Es así que la dignidad de la mujer hunde sus raíces en el hombre y en su carne, y la de éste, en la invaluable presencia de la mujer.
Dicha unión, establecida en la generosidad divina, implica renunciar a las estructuras que nos hacen dependientes y en cuyo seno subsisten los criterios humanos que, en ocasiones, contravienen la voluntad de Dios, y son el motivo de la separación de eso que él ha unido. Por eso el hombre abandonará a su padre y a su madre (v. 24), pues no podrá vivir anclado a dos voluntades.
El divorcio al que se opone Jesús, es aquel por el cual los hombres retoman el camino a la soledad, que reabre las heridas de los vacíos del pasado y rompe con la igualdad ente varón y mujer, para hacer, de uno o de otro, un ser solitario, egoísta y ajeno a los demás.
La dureza del corazón cierra el paso a la novedad e impide que la inocencia, la libertad y la sencillez sean el camino más seguro para alcanzar la felicidad; todo lo mide en términos de conflicto y desconfianza. Eso es, precisamente, lo que disgusta al Señor y reacciona:
Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios es de los que son como ellos. (Mc 10,14).
Como ellos, que acogen con generosidad y alegría la oportunidad de vivir, y en su corazón no hay dureza ni suspicacias.
ACTUAR
¿Cuál es la clave para ser una pareja feliz?
La sencillez de un corazón que acoge con generosidad y alegría la presencia del otro, descubriendo, en ella o en él, el gozo de haber dejado atrás la soledad, la apatía y la autosuficiencia. Mirar, con el asombro de un niño la maravilla de ser acompañado y complementado con alguien que es hueso de mis huesos y carne de mi carne.
En la vida, reconocerse pequeño es un punto de partida para llegar a ser grande. Si lo pensamos bien, crecemos no tanto gracias a los éxitos y a las cosas que tenemos, sino, sobre todo, en los momentos de lucha y de fragilidad. Ahí, en la necesidad, maduramos; ahí abrimos el corazón a Dios, a los demás, al sentido de la vida. Abrimos los ojos a los demás. Cuando somos pequeños abrimos los ojos al verdadero sentido de la vida. Cuando nos sintamos pequeños ante un problema, pequeños ante una cruz, una enfermedad, cuando experimentemos fatiga y soledad, no nos desanimemos. Está cayendo la máscara de la superficialidad y está resurgiendo nuestra radical fragilidad: es nuestra base común, nuestro tesoro, porque con Dios las fragilidades no son obstáculos, sino oportunidades. Una bella oración sería esta: “Señor, mira mis fragilidades…”; y enumerarlas ante Él. Esta es una buena actitud ante Dios. (Papa Francisco, Ángelus 3 de octubre de 2021)
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

