DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO
- Nm 11,25-29; Sal 18; Sant 5,1-6; Mc 9,38-43.45.47-48e
El libro de los Números narra cómo el espíritu que reposaba sobre Moisés sería transmitido a los setenta ancianos para profetiza al pueblo (11,25), y que ese mismo espíritu se posó sobre dos hombres más, Eldad y Medad, para profetizar también ellos (v. 26). Por su parte, el evangelista Marcos plasma una escena semejante: han visto a uno expulsando demonios en nombre de Jesús (v.38); es decir, alguien a quien se le ha concedido el mismo poder que a los doce. En ambos casos encontramos la misma reacción, y la misma acción, de quienes se consideran poseedores de ese don: prohibir. Su razonamiento es muy simple: no es de los nuestros(Mc 9,38). Al grado que Josué increpa a Moisés exigiendo que se los prohíba (Num 11,28) y Juan tomó la decisión a título personal: se lo prohibimos(v. 38).
No son de los nuestros, es la expresión del desprecio, el rechazo y la exclusión; es la puerta que se cierra ante las oportunidades de novedad y de cambio que los otros representan. Pero la mirada de Dios nos enseña cosas distintas: Cuando se trata de extender el Reino no hay recelos: ¿crees que voy a ponerme celoso? (Num 11,29), ni limitaciones: No se lo prohíban(Mc 9,39).
No importando el modo, la respuesta lleva a lo mismo: la acción del Espíritu no está supeditada a los caprichos del hombre, no tiene límites y es para el bien común. Eldad y Medad representan a aquellos de los que se espera algo: Ojalá que todo el pueblo de Dios fuera profeta y descendiera sobre todos ellos el espíritu del Señor(Num 11,29). Y aquél al a quien vieron expulsando demonios en nombre de Jesús, es imagen de los creyentes que, haciendo suyas la Palabra del Señor, se atreven a ir más allá: porque no hay ninguno que haga milagros en mi nombre, que luego sea capaz de hablar mal de mí; además, Jesús echa por tierra las divisiones que nosotros marcamos, yendo del no son de los nuestros a la inclusión y la aceptación: aquel que no está contra nosotros, está a nuestro favor (Mc 9,40).
Dice Luis Alonso Schökel que la universalidad del Evangelio no se refiere sólo a los destinatarios, sino también a los agentes. Los discípulos de Jesús deberíamos incluso propiciar alianzas o proyectos comunes con quienes, siendo de otras religiones o con quienes no profesan ninguna, dedican su vida al servicio de la humanidad. Hacer el bien es un evangelio universal (La Biblia de Nuestro Pueblo, comentario a Mc 9,38-41).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

