DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO

- Ex 22,20-26; Sal 17; 1Tes 1,5-10; Mt 22,34-40
¿Qué es lo que define y cualifica la relación entre personas? Sin duda, hay varios factores que afloran ante esta pregunta y que, por supuesto, no podremos restringir a uno solo de ellos. En las relaciones humanas se entrelazan y se integran el respeto, la apertura, la escucha, el silencio, el diálogo, la bondad, la acogida del otro, la ternura, la sencillez, el desinterés, la incondicionalidad…, pero nada de ello cobra un sentido profundo, me parece, si no está animado por el amor. Podríamos decir que todo lo anterior es fruto y consecuencia de una relación que ha nacido y se sustenta en el amor.
El amor es la verdad más profunda del hombre (M. Kundera). Pero, ¿es realmente lo más profundo en cada ser humano? Es un hecho que el hombre, más allá de los presupuestos religiosos, ha surgido y ha venido al mundo, entre otras cosas, para amar y ser amado. Podríamos decir que los deseos y las pasiones que lo mueven en busca de…, están siempre animadas por el amor, aunque, contrariamente, también por el odio. El ser humano es amante por naturaleza.
Esta capacidad -la de amar- es envolvente porque se pone en acto, se potencia, a través de tres dimensiones que nos dan plenitud: la trascendencia (Dios/divinidad), la presencia (el otro/semejante) y la conciencia (cualidad que permite al individuo estar en contacto consigo mismo y con su entorno; es la certeza de lo que soy ante los otros, lo otro y el Otro). La acentuación de una de ellas, con menoscabo de las otras, nos llevaría hacia la idolatría, la sumisión, las dependencias, o la egolatría.
La pregunta del fariseo parte seguramente desde estos presupuestos y, tal vez, lo que busca es confirmar lo que él sabe y vive en lo cotidiano: Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley? (Mt 22,36).
El mandamiento más grande es el amor, practicado en sus tres dimensiones: Amar a Dios (trascendencia), al prójimo (presencia) y a uno mismo (conciencia). (cf. v. 37).
El amor que propone Jesús, el amor evangélico, posee una fuerza tal que es capaz de romper con todo aquello que vicia y corrompe las relaciones humanas, tal como lo expresa el libro del Éxodo (22,20-26) en el código de la Alianza: No hagas sufrir ni oprimas al extranjero; no explotes a las viudas ni a los huérfanos; no prestes dinero a usura; devuelve al prójimo lo que has tomas y le pertenece (presencia). Recordando que todas esas vicisitudes (viudez, orfandad, pobreza, despojo, ser extraño en tierra ajena…) pueden experimentarse, y vivirse, desde lo personal, o lo colectivo (conciencia). Ser omiso e indiferente (¡el amor no es así!), tiene graves consecuencias: Si tus hermanos claman a mí, ciertamente oiré su clamor; mi ira se encenderá, te mataré a espada… (vv. 22-23).
Nuestras acciones reflejarán la contradicción, o la coherencia, entre lo que somos (amantes) y lo que deseamos (opresores). No obstante, Dios permanece firme para sostener la grandeza del amor: Cuando él clame, yo lo escucharé, porque soy misericordioso (v. 26).
El punto es que hay que ser como él: Sean misericordiosos como es misericordioso el Padre de ustedes (Lc 6,36); convertirnos, como dice Pablo, en imitadores, nuestros y del Señor, pues en medio de muchas tribulaciones y con la alegría que da el Espíritu Santo, han aceptado la palabra de Dios en tal forma, que han llegado a ser ejemplo para todos los creyentes… (1Tes 1,6-7).
El que ama refleja en su vida la alegría de amar; el que ama, cumplirá mi palabra, mi Padre lo amará y vendremos a él (Aclamación antes del evangelio: Jn 14,23).
El amor es una experiencia radical, transformadora y comprometedora:
La caridad en la verdad, de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida terrenal y, sobre todo, con su muerte y resurrección, es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad. El amor —«caritas»— es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz. Es una fuerza que tiene su origen en Dios, Amor eterno y Verdad absoluta […].
La caridad es la vía maestra de la doctrina social de la Iglesia. Todas las responsabilidades y compromisos trazados por esta doctrina provienen de la caridad que, según la enseñanza de Jesús, es la síntesis de toda la Ley (cf. Mt 22,36-40). Ella da verdadera sustancia a la relación personal con Dios y con el prójimo; no es sólo el principio de las micro-relaciones, como en las amistades, la familia, el pequeño grupo, sino también de las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas […] (Papa Benedicto XVI, Caritas in veritate 1-2).
En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas (Mt 22,40)
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
