DOMINGO 29

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO

VER

La preocupación desmedida por el cuidado físico, por conservar y perpetrar la “juventud”, nos ha volcado a la superficialidad y a creer en la necia convicción de que aparentar es mejor que ser.

La persona, o la “personalidad”, es tal cual la máscara a la que hace referencia el término (prósopon), una especie de escaparate que deja ver hacia afuera maravillas de sí, la mejor versión de cada uno; la engañosa apariencia que asombra a los incautos, pero que, en realidad, pone al descubierto las profundas carencias interiores, la vaciedad del corazón.

Incluso, como creyentes, hemos hecho de la religión un acicate y un asidero oportuno; una plataforma que nos lanza a la vida pública, satisfechos con el laxo cumplimiento, que no es más que pura apariencia y engaño.

ILUMINAR

Dt 4,1-2.6-8; Sal 14; Sant 1,17-18.21-22.27; Mc 7,1-8.14-15.21-23

¿Quién será grato a tus ojos, Señor? (Sal 14).

El evangelio es claro y contundente: Ustedes dejan a un lado el mandamiento de Dios, para aferrarse a las tradiciones de los hombres (Mc 7,8).

Una disyuntiva que divide el corazón del hombre y lo confronta, constantemente, entre dos opciones: vivir según la Voluntad de Dios, o según los criterios del mundo. Pero no es novedad, desde antiguo, el pueblo conocía el camino a seguir, acotado por mandatos y preceptos, y aun así, decidió tomar otra dirección:

  • Ahora, Israel, escucha los mandatos y preceptos que te enseño, para que los pongas en práctica y puedas así vivir y entrar a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de tus padres, te va a dar. No añadirán nada ni quitarán nada a lo que les mando…  (Dt 4,1-2).
  • Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. Es inútil el culto que me rinden, porque enseñan doctrinas que no son sino preceptos humanos (Is 29,13 // Mc 7,6-7).

Jesús apela nuestro interior y nos obliga a mirar al corazón, para reconocer en él lo que hemos acogido, o ser conscientes de lo que sale de allí. Porque del corazón del hombre salen las intenciones malas…, las maldades que manchan al hombre (cf. vv. 21 y 23).

Pero, ¿quién es grato a los ojos del Señor? El salmista (Sal 14 1-5) describe el perfil del creyente que agrada el corazón de Dios:

El hombre que procede honradamente y obra con justica…, que es sincero y no desprestigia; que no hace mal al prójimo ni lo difama; quien presta sin esperar nada a cambio y rechaza la corrupción. Este será agradable a los ojos de Dios.

ACTUAR

La religión no depende de las prácticas puntuales, calculadas y cuantificables, que ayudan a construir la apariencia de un creyente que cumple y vive en sintonía con la tradición, pero vive alejado de Dios.

La religión pura en intachable a los ojos de Dios Padre –no lo recuerda el apóstol Santiago-, consiste en visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y en guardarse de este mundo corrompido (1,27).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.