LA SAGRADA FAMILIA DE JESÚS, MARÍA Y JOSÉ
- Sir 3,3-7.14-17; Sal 127; Col 3,12-21; Mt 2,13-15.19-23
La pedagogía bíblica converge hoy, a través de los textos de la liturgia, en uno de los temas fundamentales de la revelación: la familia. Una realidad esencial que acompaña a la humanidad desde su creación y sobre la cual echan raíces la relación y el encuentro con el Dios creador. Es en ella y en cada una de sus relaciones, hacia adentro y hacia afuera, donde se aprende a amar y se descubre el rostro amoroso del Padre.
La pareja humana, de la que nace la familia, es imagen viva y eficaz del acto creador (AL 10), en ella se concreta ese acto y se actualiza en cada gesto, en cada palabra y en cada decisión que se abre a la vida.
La pareja que ama y genera la vida -dice el Papa Francisco- es la verdadera « escultura » viviente —no aquella de piedra u oro que el Decálogo prohíbe—, capaz de manifestar al Dios creador y salvador. Por eso el amor fecundo llega a ser el símbolo de las realidades íntimas de Dios (cf. Gn 1,28; 9,7; 17,2-5.16; 28,3; 35,11; 48,3-4). (AL 11)
Escultura viviente, que se ve y se toca, capaz de arropar y acoger al hombre en toda su dimensión, desde su concepción hasta su muerte; referente seguro que da certeza y claridad en el camino de la vida, protege, cura, alivia, cultiva la identidad y garantiza la pertenencia.
En el texto de Sirácide encontramos una síntesis de la interacción familiar sustentada en el amor y el respeto.
Honrar, respetar, cuidar a los padres son el camino más seguro para alcanzar el perdón ante Dios, la certeza de una vida plena, la alegría que alimenta el corazón y la felicidad que da sentido a la existencia.
Pablo, por su parte, dirige a los colosenses una serie de consejos, que se cohesionan en el seno de la familia, sustentados en virtudes fundamentales como la compasión, la magnanimidad, la humildad, la afabilidad, la paciencia y el perdón (cf. Col 3,12-13) y, como él mismo resalta, sobre todas estas virtudes, tengan amor, que es el vínculo de la perfecta unión (v. 14). Así mismo, la carta perfila el modo cómo una familia debe interactuar animada, precisamente, por el amor:
Mujeres, respeten la autoridad de sus maridos, como lo quiere el Señor. Maridos, amen a sus esposas y no sean rudos con ellas. Hijos, obedezcan en todo a sus padres, porque eso es agradable al Señor. Padres, no exijan demasiado a sus hijos, para que no se depriman (vv. 18-21)
En la familia de Nazaret encontramos no sólo un referente, sino un testimonio de que eso es posible, sobre todo, cuando Dios es el centro de la vida, la razón de nuestras acciones y el motivo de nuestra oración y compromiso. Una familia que cree profundamente y confía en la palabra de Dios; que protege y abre caminos de esperanza y libertad a los suyos.
«La alianza de amor y fidelidad, de la cual vive la Sagrada Familia de Nazaret, ilumina el principio que da forma a cada familia, y la hace capaz de afrontar mejor las vicisitudes de la vida y de la historia. Sobre esta base, cada familia, a pesar de su debilidad, puede llegar a ser una luz en la oscuridad del mundo. “Lección de vida doméstica. Enseñe Nazaret lo que es la familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable; enseñe lo dulce e insustituible que es su pedagogía; enseñe lo fundamental e insuperable de su sociología” (Pablo VI, Discurso en Nazaret, 5 enero 1964)» (AL 66)
Dichos el que teme al Señor y sigue sus caminos: comerá del fruto de su trabajo, será dichoso, le irá bien (Sal 127,1-2)
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

