DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO

- Jon 3,1-5.10; Sal 24; 1Cor 7,29-31; Mc 1,14-20
El saber se ha convertido en instrumento de dominio, de poder, de influencia, de prestigio; saber mucho, o poco -del modo que sea- para cautivar a la gente y tener injerencia en sus decisiones, en su forma de pensar y actuar. En contraste, salta ante nosotros el no saber, la ignorancia, al que el saber, potencialmente, podría servir, orientar y convertir en fuente de conocimiento; aunque, por desgracia, también lo ha mantenido en la sumisión, para manipularlo y hacerle creer que, cualquier cosa, es la verdad.
El saber es connatural a la condición humana y hay que alimentarlo, nutrirlo, cultivarlo, guiarlo. No es sólo un derecho, es también una responsabilidad de unos respecto de otros. Porque enseñando, para saber y conocer, es como alcanzamos la verdad y distinguimos la diferencia entre vivir a oscuras, o en esa claridad que nos ilumina.
Del saber surgen las doctrinas, las ideologías y todo tipo de propuesta que tenga como objetivo alcanzar la mente y el corazón de los hombres, para liberarlos de la ignorancia, o mantenerlos atados a la incertidumbre; para levantarlos de la ignominia, o abandonarlos en la desolación.
El texto de Marcos (1,21-28) comienza hablándonos de un Jesús que enseña cosas nuevas que asombran a la gente y cómo descubren en ello una autoridad inaudita (cf. vv. 21-22), y cierra, al final, con una pregunta que confirma tal novedad y la contundencia de lo que Jesús dice y hace: ¿Qué nueva doctrina es ésta? (v. 27).
Es el profeta al que se refiere Deuteronomio, a quien Dios ha hecho surgir en medio de nosotros; un profeta al debemos escuchar, y no a otros, porque en su boca resuenan las palabras y los mandatos de Dios (cf. Dt 18,15-18). Él es la razón que da un sentido distinto a la vida -no importando lo que somos y lo que hacemos- y la lleva por caminos de plenitud y libertad. Pero es imperante, como advierte Pablo, vivir constantemente y sin distracciones en su presencia (cf. 1Cor 7,35).
Su palabra liberadora silencia el discurso del mal, que esclaviza y sume en la inmundicia al hombre; una palabra que pone fin al sometimiento (cf. Mc 1,24-26).
Sus palabras provienen de un saber distinto, novedoso y propositivo; sus enseñanzas despiertan las conciencias dormidas y liberan el pensamiento, animan la voluntad y conducen a una felicidad que dignifica.
Señor, que no seamos sordos a tu voz (Salmo responsorial)
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
