DOMINGO 28

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO

Cuando des un banquete, invita a los pobres (v. 13)

Lectura del santo evangelio según San Lucas
Lc 14, 1. 7-14

Un sábado, Jesús fue a comer en casa de uno de los jefes de los fariseos, y éstos estaban espiándolo. Mirando cómo los convidados escogían los primeros lugares, les dijo esta parábola:

“Cuando te inviten a un banquete de bodas, no te sientes en el lugar principal, no sea que haya algún otro invitado más importante que tú, y el que los invitó a los dos venga a decirte: ‘Déjale el lugar a éste’, y tengas que ir a ocupar, lleno de vergüenza, el último asiento. Por el contrario, cuando te inviten, ocupa el último lugar, para que, cuando venga el que te invitó, te diga: ‘Amigo, acércate a la cabecera’. Entonces te verás honrado en presencia de todos los convidados. Porque el que se engrandece a sí mismo, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido”.

Luego dijo al que lo había invitado: “Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque puede ser que ellos te inviten a su vez, y con eso quedarías recompensado. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos; y así serás dichoso, porque ellos no tienen con qué pagarte; pero ya se te pagará, cuando resuciten los justos”.

Palabra del Señor.

Cuando des un banquete, invita a los pobres (v. 13)

En los seguidores del Señor se manifiestan dos signos del Reino: la humildad y la generosidad; no buscan los primeros lugares, ni anteponen sus intereses a los de otros.

Los seguidores de Jesús son aquellos que, cuando ofrecen un banquete, invitan a los pobres, a los cojos, a los lisiados y a los ciegos…, a los que nadie invitaría por su condición social, su raza, sus preferencias, o sus ideas (cf. v. 13)

El Papa Francisco nos invita a reflexionar:

La historia enseña que el orgullo, el arribismo, la vanidad y la ostentación son la causa de muchos males. Y Jesús nos hace entender la necesidad de elegir el último lugar, es decir, de buscar la pequeñez y pasar desapercibidos: la humildad. Cuando nos ponemos ante Dios en esta dimensión de humildad, Dios nos exalta, se inclina hacia nosotros para elevarnos hacia Él: Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille será ensalzado. (Ángelus, 28 agosto 2016)

¿Qué brota de tu corazón? ¿Qué estás dispuesto a cambiar?

¿Qué harías diferente?

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.