DOMINGO 27

DOMINGO II DE PASCUA O DE LA DIVINA MISERICORDIA

¡Dichosos los que creen si haber visto! (v. 29)
  • Hch 5,12-16; Ap 1,9-11.12-13.17-19; Jn 20,19-31.

El número de hombres y mujeres que creían en el Señor iba creciendo de día en día, hasta el punto de que tenían que sacar en literas y camillas a los enfermos y ponerlos en las plazas, para que, cuando Pedro pasara, al menos su sombra cayera sobre ellos (Hch 5,14-15).

En la sombra de Pedro se refleja una convicción, profunda y clara: que el Señor lo envió, a él y a los discípulos, a curar enfermos, liberar cautivos, expulsar demonios (Mc 16,15-18) y perdonar los pecados (Jn 20,23). Pedro y los apóstoles pasaban haciendo el bien en nombre de Jesús resucitado, realizando muchos signos y prodigios en medio del pueblo (Hch 5, 12). Ellos creyeron en su maestro y su corazón, inundado de paz, les permitió recibir y acoger el Espíritu Santo que recibieron de él (cf. Jn 20,21-22).

Testigos de la resurrección, llevan al mundo un mensaje permeado de verdad y certezas, de una fuerza transformadora tal, que todos quedaban curados (Hch 5,16). No había espacio para la duda o la incertidumbre, bastaba creer que en la sombra de Pedro se manifestaba la presencia del Señor.

Pero, cuando la verdad deja de tener sentido, las dudas invaden el corazón y la superstición gana terreno: Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré (Jn 20,25).

Podemos no creer y desconfiar, o sentirnos decepcionados, eso siempre sucede. Pero a veces, de manera inesperada, algo nos empuja a recapitular y descubrir que la fe, la fe verdadera, desnuda de todo prejuicio, nace de la escucha y se anida en un corazón libre:

¡Dichosos los que creen si haber visto! (v. 29)

Si realmente creemos sin haber visto, con toda la fuerza y la convicción, ¿qué verán los demás en nuestra sombra, en nuestra vida y en nuestras palabras?

El Papa Francisco nos invita a reflexionar:

Hermanos y hermanas, especialmente cuando experimentamos cansancios o momentos de crisis, Jesús, el Resucitado, desea volver para estar con nosotros. Sólo espera que lo busquemos, que lo invoquemos, incluso que protestemos, como Tomás, llevándole nuestras necesidades y nuestra incredulidad. Él siempre vuelve. ¿Por qué? Porque es paciente y misericordioso. Viene a abrir los cenáculos de nuestros miedos, nuestras incredulidades, porque siempre quiere darnos otra oportunidad.

Jesús es el Señor de las «otras oportunidades»: siempre nos da otra, siempre. Pensemos entonces en la última vez -hagamos un poco de memoria- cuando, durante un momento difícil o un período de crisis, nos hemos encerrado en nosotros mismos, atrincherándonos en nuestros problemas y dejando a Jesús fuera de casa. Y prometámonos, la próxima vez, en nuestro cansancio, buscar a Jesús, volver a Él, a su perdón – ¡Él siempre perdona, siempre! -, regresar a esas llagas que nos han curado. De este modo, también seremos capaces de compasión, de acercarnos sin rigidez ni prejuicios a las llagas de los demás. (Regina Caeli, 24 de abril de 2022).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.