DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO

VER
¿Cuántas cosas ciegan al hombre? El poder, la ambición, la riqueza, el egoísmo; la ausencia de amor y la desconfianza; el protagonismo mediático y la autoreferencialidad… En todo ello, hay siempre un mirarse a sí mismo, creyendo que es el único modo de “ver la realidad”, esperando que los demás la vean así.
Estos ciegos permanecen impasibles ante la realidad que no quieren ver, incapaces de reconocer las consecuencias de sus actos. Sus decisiones equivocadas, sin sentido ni claridad, provocan dolor, llanto, desesperanza, confusión y muerte.
En los horizontes de su mirada se diluye la realidad, no hay diferencia entre amigos y enemigos; la dignidad no existe, la diversidad se decolora con el tinte gris de la terquedad. Da igual la vida de un anciano, de una mujer o de un niño, todos pasan bajo la misma lente opacada de la sinrazón.
¿No es acaso esta mirada la que provoca tantos conflictos hoy en el mundo? En el discurso de un líder, que juzga a un pueblo, para denigrarlo y someterlo, subyace una ceguera que no le ha permitido ver los horizontes de la libertad y la verdad; ni la frescura de la fraternidad universal que supera todas las diferencias y permite que cada pueblo sea parte una misma familia, sin fronteras ni distingos de raza, de pensamiento, de religión, de cultura o de postura política.
Si una persona les hace una propuesta y les dice que ignoren la historia, que no recojan la experiencia de los mayores, que desprecien todo lo pasado y que s lo miren el futuro que ella les ofrece, no es una forma fácil de atraparlos con su propuesta para que solamente hagan lo que ella les dice? Esa persona los necesita vacíos, desarraigados, desconfiados de todo, para que sólo confíen en sus promesas y se sometan a sus planes. Así funcionan las ideologías de distintos colores, que destruyen —o de-construyen— todo lo que sea diferente y de ese modo pueden reinar sin oposiciones. Para esto necesitan jóvenes que desprecien la historia, que rechacen la riqueza espiritual y humana que se fue transmitiendo a lo largo de las generaciones, que ignoren todo lo que los ha precedido. (FT 13)
ILUMINAR
Sir 27,5-8; Sal 91; 1Cor 15,54-58; Lc 6,39-45
El ejemplo que Jesús propone a sus discípulos se convierte en una advertencia para nosotros: ¿Puede acaso un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un hoyo? (Lc 6,39)
Hay una ceguera que pretende tomar el papel del guía, y en ese intento, necio e insensato, se pierde el rumbo, la coherencia y la razón. Una amenaza que pone en riesgo a cualquiera y atenta contra su vida, su dignidad y su destino.
El ciego, mirándose a sí mismo, niega sus propios defectos y acusa a los demás de tener en la mirada odio y crueldad; ve paja en el ojo ajeno, pero no advierte la viga que lleva en el suyo (cf. Lc 6,42). Así, se gestan las intrigas que luego nos llevan a la desconfianza y los conflictos; un cruce de miradas contrapuestas e intereses desmedidos que pondrán al descubierto la crueldad de un corazón roto y vacío, los alcances de la mentira y la ceguera del egoísmo.
En las palabras del Sirácide aflora la realidad que no podemos evitar: Al agitar el cernidor, aparecen las basuras; en la discusión aparecen los defectos del hombre. En el horno se prueba la vasija del alfarero; la prueba del hombre está en su razonamiento. (27,4-5)
Basuras, defectos, razonamientos…, gestos que prueban, o desaprueban, la sensatez del hombre, que sólo una mirada clara y transparente puede alimentar, contrario a lo que provoca la ceguera en él: caminar en falso, vivir una realidad incierta y creer una “verdad” a medias…
El fruto muestra cómo ha sido el cultivo de un árbol; la palabra muestra la mentalidad del hombre. Nunca alabes a nadie antes de que hable, porque esa es la prueba del hombre. (Sir 27,6-7)
Desde la mirada de Jesús, ¿qué distingue a un seguidor suyo?: claridad en el mirar, seguridad en el guiar y acompañar, humildad y franqueza en el corregir, y como árbol bueno, dar frutos abundantes. Es como el hombre que dice cosas buenas, porque el bien está en su corazón… (v. 45).
ACTUAR
Así pues, hermanos míos muy amados, estén firmes y permanezcan constantes, trabajando siempre con fervor en la obra de Cristo, puesto que ustedes saben que sus fatigas no quedarán sin recompensa por parte del Señor. (1Cor 15,58)
Queridos hermanos y hermanas, el Señor nos invita a limpiar nuestra mirada. Limpiar nuestra mirada. En primer lugar, nos pide que miremos nuestro interior para reconocer nuestras miserias. Porque si no somos capaces de ver nuestros defectos, tenderemos siempre a exagerar los de los demás. En cambio, si reconocemos nuestros errores y nuestras miserias, se abre para nosotros la puerta de la misericordia. Y, después de que hayamos mirado nuestro interior, Jesús nos invita a mirar a los demás como lo hace Él -este es el secreto: mirar a los demás como lo hace Él-, que no ve antes que nada el mal sino el bien. Dios nos mira así: no ve en nosotros errores irremediables, sino que ve hijos que se equivocan. El punto de vista cambia: no se concentra en los errores, sino en los hijos que se equivocan. Dios distingue siempre la persona de sus errores. Salva siempre la persona. Cree siempre en la persona y está siempre dispuesto a perdonar los errores. Sabemos que Dios perdona siempre. Y nos invita a hacer lo mismo: a no buscar en los demás el mal, sino el bien. (Papa Francisco, Ángelus 27 febrero 2022)
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
