DOMINGO 26

NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

Vengan benditos de mi Padre… (v. 34)
  • Ez 34,11-12.15-17; Sal 22; 1Cor 15,20-26.28; Mt 25,31-46.

¿Cuándo vendrá el Hijo de hombre? ¿En qué momento se manifestará ante nosotros, con toda su gloria, como rey del Universo? Tal vez no tengamos que pensar, o elucubrar, en un día lejano, inadvertido y, para algunos, improbable

Ese día acontece en cada momento de nuestra vida y de nuestra historia; sobre todo, en las situaciones que nos interpelan y donde estamos llamados a tomar postura por el hermano, e implicarnos en su realidad y sus necesidades.

Todos los días el Señor, el Rey, nos congrega ante él (Mt 25,32) y, juzgando nuestras acciones, dejará en claro quienes tomarán parte en el Reino y quienes no. Nos enfrentaremos a un juicio que pasará por el filtro y la balanza del amor y la justicia.

Del amor, porque es la ley que rige nuestra vida y nuestras acciones (les doy un mandamiento nuevo: Jn 13,34); de la justicia, porque en la dinámica de la comunidad cristiana todo se pone en común para que nadie carezca de lo necesario para vivir (cf. Hch 2,44; 4,34-35).

El apóstol Juan, en su primera carta, plasma con agudeza cómo el amor, que rompe con todos los egoísmos, se convierte en el camino hacia la vida plena:

Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. Quien no ama permanece en la muerte… (1Jn 3,14).

Las palabras de Juan se sustentan en la contundencia del juicio final: serán reconocidos, benditos y acogidos en el Reino aquellos que actuaron decididamente en contra del hambre, de la indigencia, de la desnudez, de la enfermedad desatendida, de la soledad y el abandono que pesa sobre los encarcelados (cf. vv. 33-36); en pocas palabras, de las injusticias sociales y la pobreza:

Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del Reino preparado para ustedes…, pues yo los aseguro que cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron (Mt 25,34 y 40).

Resuenan aquí las palabras de Teresa que Jesús que, permeadas por el evangelio, resaltan la primacía del amor como criterio para la vida de un creyente:

[…] que para aprovechar en este camino y subir a las moradas que deseamos (el Reino preparado para nosotros), no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho; y ansí lo que más os dispertare a amar, eso haced (4M 1,7).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.