DOMINGO 26

DOMINGO I DE CUARESMA

Pasó cuarenta días y cuarenta noches sin comer y, al final, tuvo hambre (v. 2)
  • Gn 2,7-9; 3,1-7; Sal 50; Rm 5,12-19; Mt 4,1-11.

Hay una realidad sombría que los hombres no hemos podido superar y que, desde antiguo, ha echado hondas raíces en nuestro corazón, invadiendo el terreno de los pensamientos, las palabras, los deseo, las decisiones… 

Una realidad oscura y dañina que nos envuelve con una seductora ráfaga de ilusiones y engaños, hasta llevarnos a lo más alto del deseo (cf. Mt 4,5) y luego, del mismo modo, nos deja caer en la más profunda humillación y en el abandono que nos condena a una soledad eterna: el deseo del poder máximo.

Ese poder, se ha instalado en lo más profundo de nuestro ser, y allí, ha maquinado la idea de suplantar a Dios y ser como él (Gn 3,5). Dominar, poseer, someter… Queremos conocer el bien y el mal (Gn 3,5), antes que descubrirlos, poco a poco, en lo que hacemos, en lo que vivimos y en la interacción con el hermano.

Jesús se enfrentó a esa misma realidad, no superada por Adán y Eva, ni tampoco por nosotros. Las tentaciones de Jesús, son tentaciones de la humanidad: la autosuficiencia, el dominio y la idolatría; todo bajo el signo del poder (cf. Mc 4,1-11)

Este es el dilema del hombre, sobre todo del creyente: no saber, con claridad, qué lugar ocupa Dios en su vida, ni qué actitud tomar ante las pruebas del mundo. Queremos alcanzar la eternidad, pero nuestra finitud nos lleva por el camino contrario; deseamos ser inmortales, pero la muerte es un hecho cotidiano; anhelamos poseer la verdad y tener el dominio total de las conciencias (Gn 3,4-5), peor, al abrir los ojos, nos damos cuenta de que estamos desnudos… (Gn 3,7).

Nos hemos configurado, y nos re-configuramos cada día, con la figura de Adán-Eva; hemos optado por ella, como nuestro paradigma de vida, asumiendo una absurda lucha, entre la Voluntad de Dios y nuestra propia voluntad, que no termina ni venceremos.

Ocupados en nuestra desnudez y buscando el modo de esconder nuestra culpa (cf. Gn 3,7), permanecemos ciegos y ajenos a un acontecimiento que ha transformado definitivamente la historia y abre ante nosotros el camino del perdón y el reencuentro con el Padre:

Así como por el pecado de un solo hombre, Adán, vino la condenación para todos, así por la justicia de un solo hombre, Jesucristo, ha venido para todos la justificación que da la vida. Y así como por la desobediencia de uno, todos fueron hechos pecadores, así por la obediencia de uno solo, todos serán hechos justos (Rm 5,18-19).

¡Satanás se ha retirado! (Mt 4,10), la presencia de Jesús, que es presencia del Padre, renueva con su gracia la vida y pone ante nosotros el modo de no sucumbir cuando el hambre nos apremia y provoca en nosotros espejismos tentadores, confusos y peligrosos: No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mt 4,4).

Con humildad y sensatez hagamos nuestras las palabras del salmista:

Crea en mí, Señor, un corazón puro, un espíritu nuevo para cumplir tus mandamientos. No me arrojes, Señor, lejos de ti, ni retires de mí tu santo espíritu (Sal 50,12-13).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.