DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO
- Is 8,23-9,3; Sal 26; 1Cor 1,10-13.17; Mt 4,12-23
Los exhorto a que todos vivan en concordia y no haya divisiones entre ustedes (1Cor 1,10)
Algunos de entre nosotros, católicos, hemos fomentado un privilegio exclusivo (y excluyente) en la predicación de la Buena Nueva, cerrando el círculo de fieles a quienes deba ser anunciado. Esto, debido a que leemos el evangelio entre las nubosidades de una ceguera funcional, que nos impide ver con claridad y comprender, además, que el anuncio del evangelio, abierta a todos los hombres, comenzó en tierra de paganos, pueblos excluidos que vivía en tinieblas y en tierra de sombras (cf. Is 8,23-9,1; Mt 4,15-16), y que esa predicación fue Jesús quien la inició.
Hemos construido un muro de división entre elegidos y excluidos (¿elegidos y excluidos por quién?); un muro que aún no somos capaces de cruzar, ni mucho menos derribar. Detrás de él nos sentimos seguros, pero lejos delas tragedias humanas y de la incertidumbre de las periferias que necesitan nuestra presencia como confirmación de que el Reino de los cielos ya está cerca (Mt 4,17).
La mirada de Jesús nos ayuda a identificar esas realidades de exclusión, que nos impulsan a salir y comenzar, dejando atrás nuestros Nazaret e ir al Cafarnaúm de la historia, donde nadie quiere vivir…
Estamos llamados, con Jesús, a ser la luz que mitiga las tinieblas y resplandecer en medio de las sombras; a ser, como Andrés y Pedro, pescadores de hombres(Mt 4,19) y salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio. […] La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1Jn 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos […] (Papa Francisco, EG 20 y 24).
Dejemos que las palabras de Pablo resuenan con fuerza en los más hondo del corazón:
Hermanos: Los exhorto, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, a que todos vivan en concordia y no haya divisiones entre ustedes, a que estén perfectamente unidos en un mismo sentir y en un mismo pensar (1Cor 1,10).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

