DOMINGO 25

LA NATIVIDAD DEL SEÑOR

La señal sigue siendo la misma: un niño envuelto en pañales (v. 12)

Del santo Evangelio según san Lucas: 2, 1-14

Por aquellos días, se promulgó un edicto de César Augusto, que ordenaba un censo de todo el imperio. Este primer censo se hizo cuando Quirino era gobernador de Siria. Todos iban a empadronarse, cada uno en su propia ciudad; así es que también José, perteneciente a la casa y familia de David, se dirigió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, llamada Belén, para empadronarse, juntamente con María, su esposa, que estaba encinta.

Mientras estaban ahí, le llegó a María el tiempo de dar a luz y tuvo a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no hubo lugar para ellos en la posada.

En aquella región había unos pastores que pasaban la noche en el campo, vigilando por turno sus rebaños. Un ángel del Señor se les apareció y la gloria de Dios los envolvió con su luz y se llenaron de temor. El ángel les dijo: «No teman. Les traigo una buena noticia, que causará gran alegría a todo el pueblo: hoy les ha nacido, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Esto les servirá de señal: encontrarán al niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre».

De pronto se le unió al ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «¡Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad!«. 

Palabra del Señor. 

Les traigo una buena noticia (v. 10)

Celebrar cada año el nacimiento de Jesús debe llevarnos a comprender que justo en aquel momento, cuando Dios se manifestó en la condición humana, la historia tomó un rumbo distinto, un movimiento incontenible y una dimensión de eternidad: la finitud del hombre se vio acogida por la eternidad divina.

Lo sucedido en aquellos días (v. 1), cuando a María le llegó el tiempo de dar a luz (v. 6), ha trascendido a nuestros días y ahora es parte de nuestras vidas. La señal sigue siendo la misma: un niño envuelto en pañales (v. 12); la fragilidad humana, asumida por Jesús, es la señal definitiva de que Dios siempre está cerca y habita entre nosotros (Jn 1,14).

Una buena noticia que, que causará alegría a todo el pueblo, ¡a todos los pueblos!; porque en la Encarnación -dice González Buelta- contemplamos todas las diversidades de razas y culturas sobre la redondez de la tierra. Es una visión universal. Sólo así se sitúa bien la contemplación del lugar concreto de Belén donde se encarna el Hijo. Esa concreción lleva dentro un alcance universal, pues Jesús es la Palabra para todos, enraizada en el humus concreto de la tierra de todos […][1]

La Navidad, más allá de ser una fiesta anual, es la perenne confirmación de que Dios nos ama y se ha hecho hombre para decirnos en qué medida goza nuestra semejanza con él.

Queridos hermanos: La gracia de Dios se ha manifestado para salvar a todos los hombres y nos ha enseñado a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, para que vivamos, ya desde ahora, de una manera sobria, justa y fiel a Dios, en espera de la gloriosa venida del gran Dios y Salvador, Cristo Jesús, nuestra esperanza (Tito 2,11-13).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.


[1] González Buelta, F. SJ (2010). Caminar sobre las aguas. Nueva cultura, mística y ascética. Mensajero/Sal Terrae. España.