DOMINGO 25

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO

  • Am 6,1.4-7; Sal 145; 1Tim 6,11-16; Lc 16,19-31.
Recobrar la verdad central del evangelio

Lectura del santo Evangelio según San Lucas

Lc 16, 19-31

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: «Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y telas finas y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo, llamado Lázaro, yacía a la entrada de su casa, cubierto de llagas y ansiando llenarse con las sobras que caían de la mesa del rico. Y hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas.

Sucedió, pues, que murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Murió también el rico y lo enterraron. Estaba éste en el lugar de castigo, en medio de tormentos, cuando levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro junto a él.

Entonces gritó: ‘Padre Abraham, ten piedad de mí. Manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas’. Pero Abraham le contestó: ‘Hijo, recuerda que en tu vida recibiste bienes y Lázaro, en cambio, males. Por eso él goza ahora de consuelo, mientras que tú sufres tormentos. Además, entre ustedes y nosotros se abre un abismo inmenso, que nadie puede cruzar, ni hacia allá ni hacia acá’.

El rico insistió: ‘Te ruego, entonces, padre Abraham, que mandes a Lázaro a mi casa, pues me quedan allá cinco hermanos, para que les advierta y no acaben también ellos en este lugar de tormentos’. Abraham le dijo: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen’. Pero el rico replicó: ‘No, padre Abraham. Si un muerto va a decírselo, entonces sí se arrepentirán’. Abraham repuso: ‘Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso, ni aunque resucite un muerto'».

Palabra del Señor.

Recobrar la verdad central del evangelio

Monseñor Romero, en su homilía del 9 de septiembre de 1979, resaltaba una realidad, compleja y adversa, que aun hoy sigue interpelando nuestras conciencias y la conciencia colectiva de la sociedad y a las estructuras:

El mundo de los pobres es clave para comprender la fe cristiana […]. El encuentro con los pobres nos ha hecho recobrar la verdad central del evangelio con que la Palabra de Dios nos urge a conversión […]

Esa Palabra de Dios es siempre actual, resuena en cada acontecimiento, como si en ese momento brotara de él; está en sintonía con la vida y la historia de los hombres que sufren y los pueblos que han sido olvidados, no sólo iluminando, sino pronunciándose a favor de ellos.

La voz del salmista nos invita a orar y a no olvidar en ese repetir constante que el Señor es siempre fiel a su palabra, y es quien hace justicia al oprimido; él proporciona pan a los hambrientos y libera al cautivo (Sal 145,6-7).

Pero la justicia no se alcanza con sólo confiar en Dios y esperar en su misericordia, es también fruto del actuar humano: hacer nuestra la causa de los pobres y vivir en coherencia con la Voluntad de Dios, que quiere que todos los hombres se salven (cf. 1Tim 2,4) y a nadie le falte nada (cf. Hch 4,34).

El profeta Amós (6,1.4-7) nos advierte del proceder humano que va en sentido contrario al proceder de Dios: Se atiborran de vino, se ponen los perfumes más costosos, pero no se preocupan por las desgracias de sus hermanos (v. 6 // Lc 1619). Así, vamos ensanchando ese abismo inmenso, que nadie puede cruzar (Lc 16, 20), entre la gloria, donde se goza del consuelo divino, y los tormentos causados por la negación de Dios al negar al hermano y la indiferencia ante sus necesidades (cf. v. 25).

El rico de la parábola -dice el Papa Francisco- no está abierto a la relación con Dios: piensa sólo en el propio bienestar, en satisfacer sus necesidades y en gozar de la vida. Y con esto, ha perdido también el nombre. El evangelio no dice cómo se llamaba: lo nombra con el adjetivo “un rico”, en cambio, del pobre dice el nombre: Lázaro. La riqueza nos lleva a eso, nos arrebata el nombre. Satisfecho de sí, ebrio de dinero, aturdido por la fuerza de la vanidad, en su vida no hay puesto para Dios porque él se adora a sí mismo […] (Homilía del 25 de septiembre de 2022).

Pidamos al Señor descubrir en cada acontecimiento y en cada rostro que sufre y clama la verdad central del evangelio.

Abre el Señor los ojos a los ciegos y alivia al agobiado. Ama el Señor al hombre justo y toma al forastero a su cuidado. A la viuda y al huérfano sustenta y trastorna los planes del inicuo. Reina el Señor eternamente, reina tu Dios, oh Sión, reina por siglos (Sal 145,8-10).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.