DOMINGO 24

DOMINGO DE RAMOS DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
  • Jn 12,12-16
  • Is 50,4-7; Sal 21; Fil 2,6-11; Mc 14,1-15,47

Al finalizar la cuaresma, una vez dispuesto todo nuestro ser, corazón, mente, fuerza y voluntad, iniciamos la gran semana que abre ante nosotros la posibilidad de adentrarnos en los acontecimientos culmen de la vida de Jesús; cada uno arropa un misterio de gran riqueza sólo incomprensible para quien no se deja interpelar, o los mira como escenas de un pasado que poco tienen que decirnos hoy.

La clave para hacer de ello una verdadera experiencia está en el modo de ubicarnos ante el misterio y hacer nuestra la palabra revelada, de tal modo, que nos convirtamos realmente en actores. Es decir, capaces de poner en acto cada enseñanza y dejar que nuestra vida se configure con esa fuerza, irresistible, que emana de ellas.

Lo primero que sucede es un llamado, una invitación a recibir y acoger al Señor que viene. Él siempre llega a nuestras vidas, a cada instante y en toda circunstancia, para confirmar su ineludible presencia y poner en tensión nuestras decisiones respecto de él: ¿Es realmente a quien abrimos el corazón para decir, convencidos, ¡bendito el que viene en nombre del Señor!? (cf. Jn 12,13).

¿Cómo recibimos a Jesús? ¿Qué lugar ocupar en medio de todo lo que habita el corazón; qué sentido da a nuestra existencia, a nuestra fe, a nuestro proceso de creyentes y seguidores?

Lo segundo, corre ante nosotros, apelando a la escucha paciente y atenta, como en un trailer, la narración, paso a paso, de la pasión del Señor (Mc 14,1-15,47), que tiene la finalidad de contextualizar la semana santa, marcando el tono y el ritmo de lo que hemos de vivir, reflexionar y experimentar en los próximos días.

De aquí surgirá una pregunta más que, integrando la primera – ¿Cómo recibimos a Jesús? – definirá un aspecto fundamental en la espiritualidad del seguimiento: ¿Acompañamos al Señor? ¿Cómo lo acompañamos? La Semana Santa es un tiempo para acompañar.

La pasión del Señor no es la narrativa de un acontecimiento, sino el parámetro que nos ubica, trágicamente, ante la realidad de nuestra propia condición de seguidores, poniéndola a prueba en el mismo crisol de los profetas, de los discípulos, de los ungidos:

Mañana tras mañana, el Señor despierta mi oído, para que escuche yo, como discípulo. El Señor Dios me ha hecho oír sus palabras y yo no he opuesto resistencia ni me he echado para atrás (Is 50,4-5).

La pasión del Señor es el testimonio del amor más grande y la más profunda enseñanza de humildad y entrega, que nos cuestiona y nos lleva a pensar si realmente seremos capaces de hacer, día tras día, lo mismo que él:

Cristo, siendo Dios, no consideró que debía aferrarse a las prerrogativas de su condición divina, sino que, por el contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres. Así, hecho uno de ellos, se humilló a sí mismo y por obediencia aceptó incluso la muerte, y una muerte de cruz (Fil 2,6-8).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.