DOMINGO IV DE ADVIENTO

- 2Sam 7,1-5.8-12.14-16; Sal 88; Rom 16,25-27; Lc 1,26-38.
El cuarto domingo de Adviento, el último paso en este camino al reencuentro con el Señor, nos deja claro que cuando Dios se hace presente en nuestras vidas y en la historia, nada es imposible. Por más que preguntemos, como María, ¿cómo podrá ser esto? (v. 34), el poder del Altísimo, por medio de su Espíritu, cubrirá toda duda y mitigará cualquier temor.
El texto, en su conjunto, es llamativo; la escena asombra, conmueve e invita a la devoción, pero corremos el riesgo de asumir la actitud del espectador que únicamente admira la obra y se goza en ella, y quedarnos allí, sin más.
En ese caso, echemos mano a las enseñanzas de la Lectio divina, y sabremos que la meditación no es un simple reflexionar, sino la posibilidad de medirse (de allí meditatio: medir) ante la palabra. Es decir, descubrir en qué medida nos identificamos con ella, con el texto, o cómo la hacemos parte de nuestra vida.
De esa manera, la escena narrada por Lucas nos abre las puertas para adentrarnos y asumir un papel en la obra; allí, los momentos son claros y cobrarán relevancia en el momento que los hagamos sintonizar con la propia vida:
- Alegrémonos, porque la gracias de Dios – su presencia gratuita – está en nosotros y, por eso mismo, no hay razón para temer (cf. vv. 29-30).
- A ese hijo, del que habla el ángel, podemos concebirlo al hacer nuestro su mensaje y darlo a luz cuando anunciemos, proclamemos y demos testimonio de él en el mundo (cf. v. 31).
- Las dudas se mitigan porque el Espíritu está sobre nosotros, nos inunda con su fuerza y sabiduría, y nos lanza al encuentro con los hombres. Este es el sentido fundamental de la unción bautismal que todos hemos recibido (cf. v. 35).
- Por último, nuestras resistencias y miedos pasan a segundo término cuando cedemos generosamente a esa voluntad infinita, que no es otra cosa sino la verdad en su plenitud: cúmplase en mí lo que me has dicho (v. 38).
El anuncio del ángel a María se extiende a nosotros y se actualiza cada vez que encarnamos en el propio ser esa Palabra y la hacemos presente entre los hombres.
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
