DOMINGO 23

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO

Un hombre que sembró buena semilla en su campo (v. 24)
  • Sab 12,13.16-19; Sal 85; Rm 8,26-27; Mt 13,24-43

El Reino de los cielos se parecea la vida de los hombres. En cada uno, de manera individual e, incluso, en la experiencia comunitaria, se reproducen las imágenes con las que el Señor nos habla del Reino y del modo cómo echa raíces y crece, hasta dar frutos, …o no darlos.

Nadie pasa por alto que a la vida, propia o ajena, hay que sembrarle buenas semillas (cf. v. 24), además de cuidarlas y nutrirlas con lo necesario para que crezcan y den fruto. Semillas que, en principio, son la palabra de Dios, a las que añadimos otras a lo largo de la vida: valores sociales, éticos y morales; educación, normas de vida y convicciones. No obstante, hay también anti-valores, que nos acechan y que, en ocasiones, echan raíces en el corazón, como la cizaña(v. 26).

Pero ¿quién es el culpable de que esto suceda? Pueden ser los partidarios del maligno (v. 38). Aunque… ¿cuántas veces habremos sido nosotros mismos los que sembramos nuestra propia cizaña?

A cada uno le llegará el momento de la cosecha (v. 31) y, entonces, habrá que separar, limpiar, recoger o desechar. Las consecuencias saltarán a la vista cuando veamos si nuestros graneros -el interior- están llenos o vacíos (cf. v. 30).

Puede ser una semilla de mostaza, o un poco de levadura, lo importante es comenzar a sembrar, o amasar con las medidas adecuadas, para que nuestra vida se convierta en un gran árbol, que da sombra y cobijo (cf. v. 32), o en el fermento que permite que haya pan suficiente para compartir y alimentar (v. 33).

El Reino de los cielos es como las cosas simples de la vida, que sólo necesita de un corazón humilde, que lo acoja con sencillez para que dé frutos abundantes.

El que tenga oídos, que oiga (v. 43)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.