DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO

VER
Hay una realidad que espera, impaciente, ser transformada, tocada por la fuerza del Espíritu que habita y fluye en el corazón de todo creyente. Una realidad que sería distinta si cada bautizado sacara de sí los dones y carismas que posee desde siempre para el bien común.
En esa realidad asoman rostros y voces de gente que suplica, que reza incansable e indefinidamente; que pide al Padre envíe su Espíritu a renovar la faz de la tierra… ¡Que nos ilumine, que nos acompañe, que nos guíe!
Allí, en medio de esa realidad, peregrina una Iglesia tentada constantemente por el demonio en el desierto, y que no ha dejado que el Espíritu la impulse para volver a Galilea… (cf. Lc 4,14).
ILUMINAR
Neh 8,2-4.5-6.8.10; 1Cor 12,12-30; Lc 1,1-4; 4,14-21
Porque todos nosotros, seamos judíos o no judíos, esclavos o libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo, y a todos se nos ha dado a beber del mismo Espíritu. (1Cor 12,13)
Un mismo Espíritu y un solo cuerpo, que configuran la unidad en Cristo, haciendo de los bautizados una comunidad carismática y activa, donde la participación de todos es necesaria para la construcción del bien común.
Cada uno, en virtud de la unción que ha recibido, tiene algo por hacer, distinto a lo que otros hacen, pero en sintonía con la diversidad y la riqueza que afloran del Espíritu. Así, Dios ha puesto los miembros del cuerpo cada uno en su lugar, según lo quiso. Si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? (1Cor 12,18-19).
En este cuerpo se rompe toda monotonía y se superan todas las diferencias, religiosas, ideológicas, étnicas y físicas, porque se nutre del mismo Espíritu. Además, este cuerpo se convierte en principio de nuevas relaciones y expresión fehaciente de una vida renovada, marcada por el compromiso y la entrega.
¡Así también es Cristo! (1Cor 12,12) y su proyecto, es un proyecto liberador. Al ser bautizados con el mismo Espíritu, asumimos, con él, el mismo compromiso:
El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor (Lc 4,18-19)
ACTUAR
Hermanos, hermanas, preguntémonos: ¿llevamos en el corazón esta imagen liberadora de Dios, del Dios cercano, compasivo y tierno o pensamos que sea un juez riguroso, un rígido aduanero de nuestra vida? ¿Nuestra fe genera esperanza y alegría o me pregunto si entre nosotros está todavía determinada por el miedo? ¿Qué rostro de Dios anunciamos en la Iglesia, el Salvador que libera y cura o el Dios Temible que aplasta bajo los sentimientos de culpa? Para convertirnos al Dios verdadero, Jesús nos indica de dónde debemos partir: de la Palabra […]
[…] la Palabra nos lleva al hombre. Justamente cuando descubrimos que Dios es amor compasivo, vencemos la tentación de encerrarnos en una religiosidad sacra, que se reduce a un culto exterior, que no toca ni transforma la vida. Esta es idolatría, escondida y refinada, pero idolatría al fin. La Palabra nos impulsa a salir fuera de nosotros mismos para ponernos en camino al encuentro de los hermanos con la única fuerza humilde del amor liberador de Dios. En la sinagoga de Nazaret Jesús nos revela precisamente esto: Él es enviado para ir al encuentro de los pobres – que somos todos nosotros – y liberarlos. No vino a entregar una serie de normas o a oficiar alguna ceremonia religiosa, sino que descendió a las calles del mundo para encontrarse con la humanidad herida, para acariciar los rostros marcados por el sufrimiento, para sanar los corazones quebrantados, para liberarnos de las cadenas que nos aprisionan el alma. De este modo nos revela cuál es el culto que más agrada a Dios: hacernos cargo del prójimo […] (Papa Francisco, Homilía del 23 de enero de 2022, Basílica de S. Pedro).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
