DOMINGO 21

DOMINGO IV DE ADVIENTO

Hay que despertar de nuestros sueños y recibir, sin miedos ni resistencias, el proyecto de Dios encarnado en María (cf. Mt 1,20-21)
  • Is 7,10-14; Rm 1,1-7; Mt 1,18-24

El Adviento no se agota ni se reduce, únicamente, en su sentido celebrativo; ni siquiera en su función parenética, intentando conmover todo nuestro ser ante la llegada del Señor. Hay en él, y de manera sobresaliente, un cometido misionero: Proclamar, de parte de Dios, su Evangelio:

Ese Evangelio que, anunciado de antemano por los profetas en las Sagradas Escrituras, se refiere a su Hijo, Jesucristo, nuestro Señor, que nació, en cuanto a su condición de hombre, del linaje de David, y en cuanto a su condición de espíritu santificador, se manifestó con todo su poder como Hijo de Dios, a partir de su resurrección de entre los muertos (Rm 1,1-4).

Es importante comprender que la proclamación es la consecuencia de una actitud primordial: aceptar (v. 20); abrir el corazón a las palabras que nos vienen al encuentro de parte de Dios y estar dispuestos a cumplir su voluntad.

Así, José no es sólo el personaje elegido, de quien podemos ser admiradores, es el paradigma que nos refiere cuál deba ser el primer paso en el camino del evangelio: despertar de nuestros sueños y recibir, sin miedos ni resistencias, el proyecto de Dios encarnado en María (cf. Mt 1,20-21).

Podemos, con tal de no comprometernos, negar la evidencia de las señales, hasta cansarnos y cansar a los hombres (cf. Is 7,13). No obstante, la ineludible señal de parte de Dios se sobrepone a nuestras negaciones:

He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros (Is 7,14; Mt 1,23).

Es este, tal vez, el punto medular del Adviento: reconocer y aceptar que Dios ha puesto su morada entre nosotros y proclamar que en esa presencia estamos llamado a pertenecer a Cristo Jesús (Rm 1,6).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.