DOMINGO 21

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO

Se trata de la decisión entre el egoísmo y el amor, entre la justicia y la injusticia… (Benedicto XVI)
  • Am 8,4-7; Sal 112; 1Tim 2,1-8; Lc 16,1-13

Monseñor Romero, en su homilía del 9 de septiembre de 1979, resaltaba una realidad, compleja y adversa, que aún hoy sigue interpelando nuestras conciencias y la conciencia colectiva de la sociedad, las estructuras y de la misma Iglesia:

El mundo de los pobres es clave para comprender la fe cristiana […]. El encuentro con los pobres nos ha hecho recobrar la verdad central del evangelio con que la Palabra de Dios nos urge a conversión […]

Esa Palabra de Dios es siempre actual, resuena en cada acontecimiento; está en sintonía con la vida y la historia de los hombres que sufren y los pueblos que han sido olvidados, no sólo iluminándolos, sino pronunciándose en favor de ellos.

Pero la justicia no se alcanza con sólo confiar en Dios y esperar en su misericordia, es también fruto del actuar humano: hacer nuestra la causa de los pobres y vivir en coherencia con la Voluntad de Dios, que quiere que todos los hombres se salven (cf. 1Tim 2,4) y a nadie le falte nada (cf. Hch 4,34).

El profeta Amós (6,1.4-7) nos advierte del proceder humano que va en sentido contrario al proceder de Dios: Se atiborran de vino, se ponen los perfumes más costosos, pero no se preocupan por las desgracias de sus hermanos (v. 6 // Lc 16,19). Así, con nuestras acciones y nuestras decisiones, vamos ensanchando ese abismo inmenso, que nadie puede cruzar (Lc 16, 26), entre la gloria, donde se goza del consuelo divino, y los tormentos causados por la negación de Dios al negar al hermano y la indiferencia ante sus necesidades (cf. v. 25).

El rico de la parábola -dice el Papa Francisco- no está abierto a la relación con Dios: piensa sólo en el propio bienestar, en satisfacer sus necesidades y en gozar de la vida. Y con esto, ha perdido también el nombre. El evangelio no dice cómo se llamaba: lo nombra con el adjetivo “un rico”, en cambio, del pobre dice el nombre: Lázaro. La riqueza nos lleva a eso, nos arrebata el nombre. Satisfecho de sí, ebrio de dinero, aturdido por la fuerza de la vanidad, en su vida no hay puesto para Dios porque él se adora a sí mismo […] (Homilía del 25 de septiembre de 2022).

Pidamos al Señor descubrir en cada acontecimiento y en cada rostro que sufre y clama la verdad central del evangelio; que sepamos discernir la lógica que rige nuestras vidas y convertirnos en constructores de justicia.

La lógica del lucro aumenta la desproporción entre pobres y ricos, así como una explotación dañina del planeta. Por el contrario, cuando prevalece la lógica del compartir y de la solidaridad, se puede corregir la ruta y orientarla hacia un desarrollo equitativo, para el bien común de todos.

En el fondo, se trata de la decisión entre el egoísmo y el amor, entre la justicia y la injusticia; en definitiva, entre Dios y Satanás. (…) Hoy, como ayer, la vida del cristiano exige valentía para ir contra corriente, para amar como Jesús, que llegó incluso al sacrificio de sí mismo en la cruz. Así pues, parafraseando una reflexión de san Agustín, podríamos decir que por medio de las riquezas terrenas debemos conseguir las verdaderas y eternas. En efecto, si existen personas dispuestas a todo tipo de injusticias con tal de obtener un bienestar material siempre aleatorio, ¡cuánto más nosotros, los cristianos, deberíamos preocuparnos de proveer a nuestra felicidad eterna con los bienes de esta tierra! (Benedicto XVI – Celebración eucarística en la Plaza delante de la Catedral de Velletrien ocasión de la Visita Pastoral a la diócesis suburbicaria de Velletri-Segni, 23 de septiembre de 2007) 

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.