
DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO
- Jr 23,1-6; Sal 22; Ef 2,13-18; Mc 6,30-34.
Si nuestras sociedades, como afirma Dolores Oler, son sociedades huérfanas de interioridad, podremos intuir que, en consecuencia, carecen de aspectos fundamentales para la vida, o son víctimas de una serie adversidades que la orfandad provoca, tanto en individuos como en colectividades, a quienes marca, casi siempre, con secuelas graves e irreparables.
Hay orfandades imprevistas que dejan a los hijos bajo el amparo generoso de familiares, tíos o abuelos; algunos bajo la tutela del Estado. Pero hay otras orfandades provocadas por el abandono arbitrario, la irresponsabilidad, el desinterés, la indiferencia y una terrible inhumanidad; sus consecuencias se reflejan en el desamparo, la soledad, la dispersión, la inseguridad, la falta de protección y un caminar incierto sin porvenir.
En retrospectiva, esto es lo que el profeta Jeremías echa en cara los pastores de Israel (23,1-6), que dispersaron y dejaron perecer al pueblo; que no lo cuidaron a tal grado de abandono, que fueron expulsados de su propia tierra (cf. v. 2).
No obstante la fragilidad del hombre y su infidelidad, Yahvé promete la llegada de un rey justo, que devolverá la esperanza a Israel y practicará la justicia (cf. v. 5)
Así entra en escena Jesús, ante un pueblo que carga sobre sí el mismo peso, multitudes que buscan consuelo y que van de un lado a otro como ovejas sin pastor (Mc 6,34). El rey esperado que llega a servir, aun previendo el descanso merecido y necesario (cf. v. 31), es capaz de compadecerse; mira y comprende el sufrimiento, se hace cargo y mitiga la terrible orfandad de mujeres y hombres ávidos de una mano generosa y un corazón misericordioso.
Un rey que derrumba los muros divisorios (Ef 2,14) y las fronteras que trazan los hombres para distanciarse y vivir separados, como enemigos unos de otros; él, que viene a crear en sí mismo, de todos los pueblos, un hombre nuevo, estableciendo la paz y la reconciliación, porque él es nuestra paz (vv.14-15).
Junto a él no hay ovejas sin pastor ni orfandades indignantes y, así, unos y otros podemos acercarnos al Padre, por la acción de un mismo Espíritu (Ef 2,18).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
