DOMINGO 21

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

¿Qué hacen allí mirando al cielo?
(Hch 1,11).
  • Hch 1,1-11; Sal 46; Ef 1,17-23; Mt 28,16-20

Cuando murió mi padre –contaba conmovido un joven-, una fría mañana de diciembre, justo el primer día de la novena antes de Navidad, todo parecía detenerse. En mi mente ofuscada nada tenía sentido y en mi corazón, que latía agitado, percibía que algo, de manera definitiva, había terminado, pero que algo más, en ese momento indescifrable, estaba a punto de comenzar

En seguida, se fueron sucediendo, uno a uno, los días más difíciles y extraños de mi vida –decía con lágrimas en los ojos-: el sepelio, el entierro en el pueblo natal, la formalidad del pésame y el reacomodo de ideas, sentimientos, enojos, miedos y dudas.

Me resistía a aceptar –continúa narrando con nostalgia-, que de un día para otro, mi padre ya no estuviese con nosotros y cada mañana, al despertar, deseaba verlo y abrazarlo; con los ojos cerrados, como evadiendo la realidad, me aferraba a ese deseo, inalcanzable…

Finalmente, sin mucho desearlo, llegó el inminente regreso a casa, allí, donde lo habíamos visto por última vez. Al entrar por la puerta no supimos qué hacer ni qué decir; dejamos fluir el llanto y la tristeza nos cubrió como una nueve y, de repente, la voz de mi madre, tierna y firme, nos increpó: “¡No los quiero ver así! Papá vive en nuestro corazón y a partir de hoy, hay que mirar hacia adelante, como él lo hacía. En esta casa ya no habrá luto, ni lugares vacíos en la mesa, estamos a punto de comenzar algo nuevo y así será desde mañana”. Y así fue, mi padre abrió brecha en el camino y ahora tocaba a nosotros seguir construyendo.

Experiencias así, en la vida de la gente, se asemejan, de un modo u otro, al peculiar acontecimiento de la Ascensión del Señor. Tal vez indescifrable, en aquel momento, para los discípulos, quienes iban cayendo en cuenta, poco a poco, de lo que su Señor les había advertido: Es necesario que yo me vaya para que el Espíritu venga (Jn 16,7), y que, ahora, antes de partir, confirmaba con claridad: Juan bautizó con agua; dentro de pocos días ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo (Hch 1,5).

Jesús sembró la semilla del Reino en el corazón de los hombres y abrió un sendero transitable en el camino de la historia humana; pero llegaría el momento en que los suyos debían tomar en sus manos la responsabilidad de seguir construyendo.

En la Ascensión se prefigura una innovadora pedagogía de la no dependencia, que cambia y redefine los roles; asoma un nuevo modo de estar el Señor entre los suyo: el Espíritu, y una forma distinta de ser de los discípulos: testigos y responsables de la extensión del Reino.

El Espíritu los llenará de fortaleza y serán mis testigos en Jerusalén, en toda judea, en Samaria y hasta los últimos rincones de la tierra (Hch 1,8). Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28,19).

La voz de esa madre, capaz de reanimar el corazón ofuscado de sus hijos, es como la voz de esos hombres vestidos de blanco (Hch 1,10), que nos arranca del ensimismamiento donde nos ocultamos cuando nuestra fe titubea (cf. Mt 28,17): ¿Qué hacen allí mirando al cielo? (Hch 1,11). Una voz que nos dice:  ¡salgan, vayan, no desistan, que su fe no titubé!, yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo (Mt 28,20).

¿En dónde estamos parados y en qué tenemos ocupados mente y corazón? ¿Preferimos vivir mirando al cielo, o seremos capaces de sentirnos enviados e ir, por todo el mundo, a proclamar la Buena Nueva?

Hagamos nuestra la oración que Pablo eleva al Señor por la comunidad de Éfeso:

Pidamos al Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, nos conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerlo; que ilumine nuestra mente para que comprendamos cuál es la esperanza a la que hemos sido llamados, cuán gloriosa y rica es la herencia que da a los suyos y la extraordinaria grandeza de su poder con nosotros, los que confiamos en él, por la eficacia de su fuerza poderosa (Ef. 1,17-19).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.