DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO
- Sir 27,5-8; Sal 91; 1Cor q5,54-58; Lc 6,39-45.
El ejemplo que Jesús propone nos habla de un presente que se asemeja a ese ciego insensato que guia a otro ciego (cf. v. 39).
Hay entre nosotros algunos ciegos que han tomado el papel del guía y, en ese intento, de su mano, perdemos el rumbo y la cordura, hasta caer, inevitablemente, en un hoyo (Lc 6,39).
El ciego, que ya no ve su corazón ni sus defectos, solo “mira” la paja en el ojo ajeno, pero no advierte la viga que lleva en el suyo (cf. Lc 6,42). En su triste ceguedad asoman el dolor y el resentimiento de una vida rota y vacía; obstinado en su propia oscuridad, sin que nada lo conmueva, se irá perdiendo en la indiferencia y el olvido.
Pero al agitar el cernidor, aparecen las basuras; en la discusión aparecen los defectos del hombre. En el horno se prueba la vasija del alfarero; la prueba del hombre está en su razonamiento. (27,4-5)
En las relaciones, en los acontecimientos y en los retos de cada día, la vida nos pone a prueba y es allí donde se tensa el talante del corazón humano, la riqueza de su palabra y la nobleza de su pensamiento, o la indefectible pobreza de su ser:
El fruto muestra cómo ha sido el cultivo de un árbol; la palabra muestra la mentalidad del hombre. Nunca alabes a nadie antes de que hable, porque esa es la prueba del hombre. (Sir 27,6-7)
En el horizonte del evangelio ¿qué distingue a un seguidor de Jesús?: claridad en el mirar, seguridad en el guiar y acompañar, humildad y franqueza en el corregir, y como árbol bueno, dar frutos abundantes. Es como el hombre bueno que dice cosas buenas, porque el bien está en su corazón… (v. 45).
Así pues, hermanos míos muy amados, estén firmes y permanezcan constantes, trabajando siempre con fervor en la obra de Cristo, puesto que ustedes saben que sus fatigas no quedarán sin recompensa por parte del Señor. (1Cor 15,58)
Queridos hermanos y hermanas, el Señor nos invita a limpiar nuestra mirada. Limpiar nuestra mirada. En primer lugar, nos pide que miremos nuestro interior para reconocer nuestras miserias. Porque si no somos capaces de ver nuestros defectos, tenderemos siempre a exagerar los de los demás. En cambio, si reconocemos nuestros errores y nuestras miserias, se abre para nosotros la puerta de la misericordia. Y, después de que hayamos mirado nuestro interior, Jesús nos invita a mirar a los demás como lo hace Él -este es el secreto: mirar a los demás como lo hace Él-, que no ve antes que nada el mal sino el bien. Dios nos mira así: no ve en nosotros errores irremediables, sino que ve hijos que se equivocan. El punto de vista cambia: no se concentra en los errores, sino en los hijos que se equivocan. Dios distingue siempre la persona de sus errores. Salva siempre la persona. Cree siempre en la persona y está siempre dispuesto a perdonar los errores. Sabemos que Dios perdona siempre. Y nos invita a hacer lo mismo: a no buscar en los demás el mal, sino el bien. (Papa Francisco, Ángelus 27 febrero 2022)
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

