PRESENTACIÓN DEL SEÑOR
- Mal 3,1-4; Sal 23; Heb 2,14-18; Lc 2,22-40
He aquí que yo envío a mi mensajero. Él preparará el camino delante de mí. De improviso entrará en el santuario el Señor, a quienes ustedes buscan, el mensajero de la alianza a quienes ustedes desean. Miren: Ya va entrando, dice el Señor de los ejércitos (Mal 3,1)
Jesús es presentado como hombre, entre los hombres, con los ritos humanos que acreditan al primogénito como predilecto de Dios y reconocido, después, como el enviado de Yahvé, el mensajero de buenas nuevas para toda la humanidad.
Simeón, Ana y todos los que aguardaban la liberación (Lc 2,38), han visto en él la misericordia del Padre que, con amor, nos reincorpora a sí como sus hijos, porque, como dice Pablo, los hijos de una familia tienen la misma sangre; por eso Jesús quiso ser de nuestra misma sangre, para destruir el mal que dominaba a los hombres (cf. Heb 2,14-15).
Este acontecimiento confirma la presencia de ese Dios que habita entre nosotros y que ha puesto su morada en el corazón de cada hombre de buena voluntad.
Un acontecimiento que trasciende el tiempo porque, cada día, el Señor se hace presente en el templo de nuestra vida, y viene a ofrecernos su palabra, su misericordia y su cercanía. Tomémoslo en los brazos y digamos con gozo:
Mis ojos han visto a tu salvador… (v. 30)
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

