DOMINGO 19

Somos hijos de la luz y del día, no de la y las tinieblas (1Tes 5,5)

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO

  • Prov 31,10-13.19-20.30-31; Sal 127; 1Tes 5,1-6; Mt 25,14-30.

Las diferencias entre unos y otros siempre serán evidentes, y de ello aflora la diversidad, como una riqueza que hace de la humanidad un tejido de mil colores y texturas, que se integran y se complementan.

En cada uno hay algo distinto, dentro y fuera de la persona, que no se reduce a la apariencia o el aspecto, sino que echa raíces en lo más profundo del ser, en las cualidades innatas y, sobre todo, en las capacidades propias que se van desarrollando y madurando a lo largo de la vida.

La vida es un don que hay que acoger y agradecer, y del cual somos responsables; no se nos da echa, hay que írnosla haciendo… (Ortega y Gassete). Construimos, cada uno, proyectos, alcanzamos metas e ideales; luchamos incansablemente por lo que más amamos y cuidamos, vigilantes, que nada ni nadie nos sorprenda y ponga en riesgo lo que somos y hemos hecho.

De igual manera nuestra relación con Dios y el modo cómo hayamos integrado a nuestra vida la dimensión del reino, con su dinámica y sus exigencias.

El reino es un don que podemos aceptar, o rechazar. Una vez aceptado, se gesta en nosotros un proceso de madurez de la fe, como el de la semilla en la tierra, que nos llevará a la plenitud sin límites, pero que implica trabajo, tenacidad, responsabilidad y perseverancia.

El reino no es sólo lo que Dios nos da (unilateralmente), tomando en cuenta las capacidades de cada uno: cinco, dos o un millón (cf. v. 15); es también lo que estemos dispuestos a plantar y sembrar (colaborativamente), sabiendo que el Señor, en algún momento, vendrá a cosechar y recoger (cf. v. 24) y nos llamará a hacer cuentas en su presencia (v. 19).

Si nuestra relación con Dios es superficial, será incierta y desconfiada; regida por el miedo que paraliza y transforma al individuo en un ser improductivo, infiel e insensato (cf. v. 25). O vivir en la falacia, como advierte Pablo, de una paz y una seguridad engañosas, sobre las cuales vendrá una catástrofe inadvertida que terminará con todo (cf. 1Tes 5,3).

Los seguidores de Jesús, mujeres y hombres de fe, se distinguen por su luminosidad y su entereza ante la adversidad, tal como los describe Pablo:

A ustedes, hermanos, ese día no los tomará por sorpresa, como un ladrón, porque ustedes no viven en tinieblas, sino que son hijos de la luz y del día, no de la y las tinieblas. Por lo tanto, no vivamos dormidos, como los malos; antes bien, mantengámonos despiertos y vivamos sobriamente (1Tes 5,4-6).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.