DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO

(Mt 5,48).
- Lv 19,1-2.17-18; Sal 102; 1Cor 3,16-23; Mt 5,38-48
Sean santos
Hemos delineado un concepto de santidad (más que una experiencia), bajo parámetros medibles y evaluables, en términos de cumplimiento puntual, rectitud moral, conducta intachable, fidelidad dogmática, precisión doctrinal y actos impecables (sin pecado…).
Una santidad que ha puesto límites insuperables entre lo humano y lo divino, y entre los mismos hombres: unos perfectos, otros imperfectos. Y todo lo que acontece pasa a través del juicio inquisitorial que aprueba (no precisamente perdona) o condena.
Tenemos como resultado el perfil de un santo que se define a base de criterios humanos, intentando alcanzar una desdibujada perfección, insostenible cuando Dios nos interpela y pone al mismo nivel el ser de Dios y el deseo del hombre: Sean santos, porque yo, el Señor, soy santo (Lv 19,2).
La santidad comienza por ser consciente de una realidad, que nos obliga a dejar de lado la enfermiza preocupación por lo que debemos hacer y ocuparnos responsablemente de lo que somos: ¿No saben ustedes que son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Quien destruye el templo de Dios, será destruido por Dios, porque el templo de Dios es santo y ustedes son ese templo (1Cor 3,16-17).
La propuesta de Jesús prefigura un horizonte distinto de santidad, son sólo superando lo establecido, sino llevándolo a más; lo fundamental no está en el cabal cumplimiento de las normas, sino en la capacidad de romper con ellas, atreverse a contradecirlas y establecer nuevos paradigmas en las relaciones humanas: No oponer resistencia a nada que implique esfuerzo y renuncia; amar a los enemigos, hacer el bien a los que nos odian y rogar por los que nos persiguen(Mt 5,39-44).
Podemos decir, entonces, que la santidad es un modo de vivir, y un vivir amando, al prójimo como a nosotros mismo (Lv 19,18); a tal grado, que seremos reconocido como hijos de un Padrea que hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre los justos y los injustos (Mt 5,45).
Ustedes, pues, sean perfectos como su Padre celestial es perfecto (Mt 5,48).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
